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De la españolísima Inmaculada que celebramos hoy

 
 
            Se celebra en el mundo entero, pero muy en particular en España, de donde es nuestra patrona desde hace más de 250 años, el día de la Inmaculada Concepción de la Virgen María.
 
            El dogma de la Inmaculada Concepción, tercero de los cuatro grandes dogmas marianos junto con el de su perpetua virginidad, su condición de theotokos o madre de Dios, y su asunción a los cielos, es declarado por el Papa Pío IX en 1854 mediante la bula Ineffabilis Deus, y consiste en el nacimiento de la Virgen María sin pecado original, excepción en la que sólo la igualarían su propio hijo, Jesús, y los padres de la humanidad Adán y Eva.
 
            La bula, que utiliza como principal argumento el de los méritos de Jesucristo, se vale como apoyo escriturístico, de fuentes tanto vétero como neotestamentarias.
 
            Por un lado, en el Antiguo Testamento, encuentra el pasaje en el que Dios maldice a la serpiente (identificada con el diablo) diciéndole:
 
            “Enemistad pondré entre ti [el diablo] y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: ella te pisará la cabeza, mientras acechas tú su calcañar” (Gn. 3, 15)
 
            Pasaje que inspirará todo un capítulo del Apocalipsis, el 12, el que lleva por título Visión de la mujer y el dragón (Ap. 12, 1-17), una de cuyas interpretaciones es la lucha entre María y el diablo.
 
            En el Nuevo Testamento, la bula halla sus argumentos en el Evangelio del más mariano de los evangelistas, San Lucas. Son dos: el primero, aquél en el que el Arcangel Gabriel saluda a María con las palabras “alégrate, llena de gracia” (Lc. 1, 28); el segundo, aquel en el que es su prima Isabel la que la saluda con un “bendita tú entre las mujeres” (Lc. 1, 42).
 
            El camino hasta llegar a la proclamación del dogma no es ni corto ni exento de dificultades, provenientes, en la mayoría de los casos, de prestigiosos autores cristianos a muchos de los cuales la Iglesia venera como santos.
 
            Las razones contrarias a la inmaculada concepción de María se han agrupado en torno a tres argumentos. Primero, la exclusividad de la total santidad a Dios: “nadie es santo sino sólo Dios”, afirma el propio Jesús en el Evangelio (Lc. 18, 19). Segundo, la universalidad del pecado original. Tercero, la universalidad de la redención de Jesús, que alcanzaría a su propia madre. En línea tal militan autores cristianos de la primera literatura, Tertuliano, Orígenes, San Agustín, y también otros posteriores como San Bernardo Claraval, San Alberto Magno o Santo Tomás de Aquino.
 
            Por el contrario, los razonamientos que sirven para materializar el dogma discurrirán por cuatro caminos: la santidad de María; su maternidad divina y virginal; la cooperación de la nueva Eva en el esquema salvífico; y la necesidad de que Jesús, para estar libre de todo pecado, se alojara en un vientre igualmente exento de todo pecado.
 
            El largo proceso se inicia, como tantas otras veces, en el campo de los apócrifos, concretamente en uno muy especial: el Protoevangelio, que llama a María, “bienaventurada”, “santa” e incluso “santísima”. Como superior a la de cualquiera, nos muestra el Pseudo-Mateo la santidad de María. Hipólito de Roma la supone hecha “de madera incorruptible”. San Efrén el Sirio (n.306-m.373) escribe en los Cánticos de Nísibe:
 
            “En ti Señor no hay mácula ni en tu madre deformación”.
 
            El obispo de Milan, San Ambrosio (n.339-m.397), sostiene en su De virginibus que María es virgen no sólo de cuerpo, sino también de alma. San Cirilo de Alejandría, refiriéndose a María como morada prenatal de Jesús, en ocurrente metáfora se pregunta:
 
            “¿Quién oyó nunca que el arquitecto [Jesús] cuando edifica una casa para sí mismo ceda primero al enemigo [el diablo] la ocupación y habitación de aquélla?”.
 
            Theoteknos de Livia (finales del s. VI), al evocar el nacimiento de María, escribe:
 
            “Nace como los querubines quien es de una arcilla pura e inmaculada”.
 
            La fiesta litúrgica de la Inmaculada Concepción aparece hacia principios del s. VIII y en las iglesias de oriente, celebrándose el 9 de diciembre. Un canon de San Andrés de Creta, In conceptione sanctae ac Dei aviae Annae, es el testimonio más antiguo que tenemos. De oriente pasa a occidente a través del sur de Italia, en manos bizantinas.
 
            A partir de ese momento, la cuestión recibe un impulso definitivo que se produce por dos vías diferentes. La primera es la que tiene su origen en Inglaterra, donde desde principios del s. IX, se celebra la festividad de la Inmaculada el 8 de diciembre, y de donde pasa a Francia. Se expresan por la inmaculada San Pascasio Radberto (n.790-m.880), San Anselmo de Canterbury (m.1109) y John Duns Scotto (n.1274-m.1308).
 
            La segunda vía, no menos importante, es la española. Desde que los teólogos españoles hacen suya la defensa de la Inmaculada Concepción de María, los púlpitos se vuelcan en el tema, se crean archicofradías con dicho título, el tema de la inmaculada inunda la iconografía pictórica (¡cómo no dedicar un recuerdo a las inmaculadas de Murillo!). El impulso español al dogma es tan grande que, no por casualidad, los sacerdotes españoles reciben el privilegio de vestir casulla celeste que les verán Vds. vestir tal día como hoy.
 
            Por lo que se refiere a la magistratura eclesiástica, el Concilio de Efeso (431), tercero de los ecuménicos, generaliza la expresión oriental “la toda-santa” para referirse a la Theotokos (=madre de Dios). El Concilio de Basilea (1435) apela a la piedad popular como argumento, en la evitación de que el pueblo sencillo se escandalice oyendo que la Virgen ha sido concebida en pecado. El Papa Sixto IV aprueba el oficio y misa de la Inmaculada en 1477. El importante Concilio de Trento (1545-1563), realiza una declaración cuya intención evidente es no convertirse en obstáculo de una futura declaración dogmática:
 
            “Este santo concilio declara que no es su intención incluir en este decreto en el que se trata del pecado original, a la bienaventurada e inmaculada Virgen María, madre de Dios; sino que han de observarse las constituciones del Papa Sixto IV, de feliz memoria”.
 
            En 1661, una bula de Alejandro VII reconoce que la doctrina de la inmaculada la abrazan “casi todos los católicos”. En 1708, el Papa Clemente XI eleva su conmemoración a fiesta de precepto. Y finalmente, en 1854, Pío IX publica la bula Ineffabilis Deus con la que eleva a la categoría de dogma lo que en el mundo católico era ya tradición consolidada.
 
            En la romana Plaza de España, y no por casualidad sino en reconocimiento a los teólogos españoles a los que tanto debe la causa, se coloca la estatua de la Inmaculada Concepción que aun hoy día luce. Apenas cuatro años después de la promulgación de la bula, en 1858, la misma Virgen María se aparece en Lourdes a la niña Bernardette de Soubirous, luego canonizada: cuando Bernardette le pregunta cómo se llama, la celestial señora le responde “Yo soy la Inmaculada Concepción”.
 
            La devoción española a la Inmaculada Concepción es tan antigua, que el 8 de septiembre de 1760, casi un siglo antes, por lo tanto, de la proclamación del dogma por la Iglesia, el Rey Carlos III la declara patrona de todos los territorios de su corona, tanto en suelo hispano como americano. Consagración que también se produce en el ámbito anglosajón: sólo a modo de ejemplo, traemos a colación la que en 1846 realiza de los Estados Unidos de América el I Concilio de Baltimore. Doscientos cincuenta años ejerciendo tan especial patronazgo se cumplen, pues, tal día como hoy. Felicidades a la Virgen María en tan especial onomástica. Felicidades, también, a los españoles por haberse dado tan excelsa patrona.
 
            Y bien amigos, sin más por hoy, que hagan Vds. mucho bien y que no reciban menos. Y feliz día de la Inmaculada a todos, santa patrona de nuestra tierra.
 
 
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