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La abolición del orden moral

En La abolición del hombre, C.S. Lewis alegaba que festejar la creciente capacidad del hombre para dominar la naturaleza tendría un lado oscuro si algunos hombres tomaban el control de los demás con la naturaleza como instrumento. En la medida en que la visión judeocristiana del hombre fuese dominante, resultaría difícil para los tiranos controlar al hombre controlando su naturaleza, dada por Dios y no bajo el control del hombre. Sin embargo, si se debilitaba la creencia en que el hombre ha sido creado por Dios y es capaz de conocer el bien y de elegirlo o no libremente, la abolición del hombre –tal como Occidente lo concibe- sería posible.
 
Setenta y cinco años después, podemos ver numerosos signos de que la profecía de Lewis se está haciendo realidad. Los científicos, animados ahora por un ateísmo, materialismo y determinismo implícitos, socavan inexorablemente los fundamentos de la visión judeocristiana del hombre bajo el estandarte de la ciencia, la libertad y el progreso. Esos intentos pretenden mostrar que las decisiones que toma la gente no son en realidad decisiones suyas, sino, por el contrario, producto de nuestros genes, nuestro cerebro, nuestra cultura o nuestra situación social, económica o histórica. O de cualquier cosa, evidentemente, en la medida en que el origen de quiénes somos verdaderamente ya no se encuentre en Dios ni en el libre albedrío del hombre. El origen de quiénes somos debe ser tal que pueda ponerse bajo el control del hombre, de modo que unos hombres puedan controlar a otros.
 
Muchos de estos científicos materialistas y sociólogos deterministas negarán la acusación de que consideran el libre albedrío una ilusión, o rechazarán las consecuencias lógicas de sus investigaciones, si se les señalan. Sin embargo, la lógica es clara: si se demuestra que no somos responsables de nuestro comportamiento –como pretenden de una forma u otra todos esos planteamientos-, entonces el orden moral queda abolido. Dicho de otra forma, si desaparece la voluntad libre, la sociedad humana es poco más que un estruendoso hormiguero. Llegados a ese punto, se reducirá al tipo de cosa que sociobiólogos como Edward O. Wilson podrían entender.
 
He aquí cómo convertir la sociedad humana en objeto de estudio para el autor de Sociobiología.
 
El primer paso es asumir, como hacen los materialistas, que lo que llamamos conciencia o “mente” sólo está producido por el cerebro. No siendo el cerebro otra cosa que materia, por intricada que sea su organización o grande o pequeño su tamaño, está determinado (es decir, viene a existir en un estado determinado) solo como producto de otra materia y de las fuerzas que actúan en esa materia. La materia, después de todo, no puede actuar por sí misma. Tiene que ser movida por alguna fuerza, y reacciona a esa fuerza según las leyes correspondientes. Y ciertamente la materia no puede entender, considerar, imaginar, amar, desear u odiar. Esas no son cosas que la materia pueda hacer. No se puede pretender que un cerebro haga algo más que una calculadora o un ordenador. No es mi cerebro quien se levanta y sale de la habitación. De hecho, ni siquiera son mis piernas quienes se levantan y salen de la habitación. Soy yo quien se levanta y sale. Y si hay algo de bueno o de malo en que lo haga, soy yo, no mis piernas ni mi cerebro, quien debería ser alabado o censurado por ello.
 
Tampoco mi cerebro ni mis piernas nos incorporan al orden moral que fundamenta la sociedad humana. Por orden moral entendemos el orden de justicia, el hecho de alabarnos y censurarnos a nosotros mismos y a los demás por conductas que consideramos que merecen alabanza o reproche. Vivir en este inconfundible mundo humano significa ser (y ser considerado) responsable de lo que hacemos o dejamos de hacer, según un patrón del bien y del mal que no podemos establecer en solitario ni somos libres de ignorar sin que se deriven consecuencias. Formar parte de una sociedad humana consiste en formar parte de un orden de esa naturaleza.
 
Así pues, hace falta algo más que un cerebro y unas piernas para formar parte de una sociedad humana. Es preciso que uno tenga la capacidad de un agente moral. Un orden moral se basa en el libre albedrío, y los cuerpos no toman decisiones. Un cuerpo puede ser objeto del libre albedrío, pero no puede ser su origen. Si pudiese establecerse que es el cuerpo, y no la persona a la que pertenece, el origen de sus actos, entonces la persona a la que se supone que pertenece ese cuerpo podría legítimamente ser eximida del orden moral. No podría ser alabada o censurada por lo que hizo su cuerpo. No es mi cuerpo quien decide ser tatuado; soy yo quien decide hacerse un tatuaje, y no es a mi cuerpo, sino a mí, a quien se alaba o reprocha por ello.
 
Tampoco los cerebros ni los cuerpos son capaces por sí mismos de ser agentes morales dentro del orden moral. El orden moral carece de sentido sin agentes morales. Si Bob me tira una piedra “sin una buena razón” (esto es, ni en defensa propia ni para advertirme de un peligro inminente), sería correcto considerar a Bob responsable de mi herida. De hecho, incluso si Bob tiene mala puntería y evito la herida, tendría derecho a considerar a Bob responsable de intentar herirme “sin una buena razón”. El pecado está en el corazón de Bob, no en su brazo, si queremos decirlo así.
 
Pero si los materialistas y deterministas actuales se saliesen con la suya, no habría pecado ni injusticia, porque la voluntad no es libre. En última instancia, si Bob sólo es un cuerpo, o incluso un cuerpo socializado o condicionado a tirar piedras a gente inocente, entonces Bob no tiene nada que ver con el movimiento de su brazo y no puede ser considerado responsable. No puede pretender herirme porque Bob no puede pretender nada. La piedra puede o no herirme, pero en ningún caso puede decirse que alguien llamado Bob sea responsable de lanzármela. Y nunca tendría sentido arrestar al brazo de Bob por agresión.
 
En el hormiguero que existiría en ausencia de libre albedrío, la gente hace cosas, pero nunca puede ser considerada responsable de hacerlas. De hecho, en un lugar semejante nadie puede ser considerado responsable de nadie ni de nada. De esto, creo, intentaba advertirnos Lewis en La abolición del hombre. Abolir el libre albedrío es abolir nuestra capacidad para sostener el orden moral del que depende cualquier sociedad humana. Abolir el orden moral es crear, no un orden inmoral, sino un orden inhumano.
 
El materialismo científico y el determinismo sociopolítico y económico fracasarán como ciencia (ya han fracasado, la verdad sea dicha), pero podrían triunfar como ideologías. Y quienes desean mandar, esos tiranos que hay entre nosotros, encontrarán tales ideologías idóneas para dictar su ley. El mayor obstáculo a esa ley, como dejó claro la victoria del siglo XX sobre la Unión Soviética, son los pueblos que, como los católicos polacos, obedecieron, haciendo uso de su libertad, sólo a la ley de Dios. Como ellos, deberíamos prepararnos pues a resistir el intento de algunos hombres de mandar sobre los demás con la naturaleza como instrumento.

Artículo publicado en Crisis Magazine.
Traducción de Carmelo López-Arias.

Clifford Staples es sociólogo y profesor en la Universidad Franciscana de Steubenville (Ohio, Estados Unidos).

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