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Paradojas de la fragilidad

 
 
El camino del mundo es el de la fuerza y el éxito, pero la verdad del espíritu está en la fragilidad. No sólo la verdad de lo que somos, y debemos aceptar, sino también la verdad que nos permitirá ser mejores. Muchas religiones, y la cristiana la que más, nos han confrontado con esta afirmación aparentemente irracional y loca: “Cuando soy débil, entonces soy fuerte”.

El sacerdote del Cottolengo Paolo Scquizzato desarrolla esta idea en un breve e intenso libro ‘Elogio de la vida imperfecta’, un ensayo religioso que, sin embargo, aporta algunas claves de sabiduría humana que pueden ser útiles para cualquiera. Al menos para cualquiera que se atreva a reconocer que está marcado por la falta, por usar la terminología psicoanalítica.

El orgullo del ser humano, el animal más dotado de la naturaleza, acepta mal que la vida le recuerde sus límites, y por ello estamos empeñados en pulverizarlos. Ese afán de ir más allá es el que nos ha permitido avanzar, y es saludable, siempre que evitemos la tentación de creernos dioses. Scquizzato nos recuerda que en el horizonte ético de los antiguos el error más grave era la hybris, la desmesura, precisamente el exceso que traspasa los límites. Y, ya en clave cristiana, desliga la santidad del afán de perfección, que no duda en calificar como un “veneno” que llevamos dentro. “La perfección es la viciada hermana menor de la muerte”, en cita de Christian Bobin.

Sin embargo, hoy, rechazamos la debilidad en nombre de una inexistente pureza. Nos negamos a aceptar que todos tenemos un lado oscuro, y aprovechamos cualquier sombra, grande o pequeña, para erigirnos en justicieros y derribar la memoria de los hombres que podrían servirnos de inspiración. Estos días vemos cómo el gobierno municipal de Ada Colau decreta la retirada de la estatua del filántropo Antonio López y López, uno de los hombres que más hizo en favor de Cataluña, alegando que basó su fortuna en el tráfico de esclavos… en una época en la que ni siquiera era ilegal. Si nos empeñamos en juzgar a los hombres por su pureza no podremos celebrar a nadie. Ni siquiera a Gandhi, que tiene escritos racistas y que no fue un esposo ejemplar. Olvidamos que, a las personas, como a los artistas, hay que juzgarlos por lo mejor que nos ofrecen, no por lo peor. De lo malo somos capaces todos, lo bueno es lo que nos distingue.

Paradójicamente, a veces la verdad de la fragilidad se cuela incluso en la vida política para recordarnos que no siempre la fuerza está donde parece. La historia del líder socialista Pedro Sánchez es, en este sentido, ejemplar. Sólo cuando se vio sumido en las simas más profundas, cuando todos le daban por derrotado y acabado, pudo renacer como un ave fénix, más fuerte que antes. Su gesta en las primarias no garantiza necesariamente que vaya a ser un buen presidente, pero nos recuerda que, a veces, incluso en política, la fortaleza se erige sobre los cimientos del reconocimiento de la propia debilidad.

Publicado en El Norte de Castilla
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