martes, 9 de febrero de 2016

De la estancia de San Pablo que celebran hoy en Malta

 
            Sí señores porque tal día como hoy 10 de febrero, con no poco boato ni tradición, celebran los malteses la llegada de San Pablo a la isla en torno al año 60.
 
            La presencia de San Pablo en Malta es una tradición con base en los textos canónicos, más concretamente en el libro de los Hechos de los Apóstoles, un episodio al que el autor del libro (pinche aquí si le interesa conocer sobre la autoría de los Hechos de los Apóstoles), le dedica los doce primeros versículos del capítulo 28:
 
            “Una vez a salvo, reconocimos entonces que la isla se llamaba Malta. Los nativos nos mostraron una humanidad poco común; encendieron una hoguera y nos hicieron acercar a todos nosotros a causa de la lluvia que caía y del frío. Pablo había reunido una brazada de ramas secas; al ponerla sobre la hoguera, una víbora, que salía huyendo del calor, hizo presa en su mano. Los nativos, cuando vieron el animal colgado de su mano, se decían unos a otros: «Este hombre es seguramente un asesino; ha escapado del mar, pero la justicia divina no le deja vivir.» Pero él sacudió el animal sobre el fuego y no sufrió daño alguno. Ellos estaban esperando que se hincharía o que caería muerto de repente; pero después de esperar largo tiempo y viendo que no le ocurría nada anormal, cambiaron de parecer y empezaron a decir que era un dios.
            En las cercanías de aquel lugar tenía unas propiedades el principal de la isla llamado Publio, quien nos recibió y nos dio amablemente hospedaje durante tres días. Precisamente el padre de Publio se hallaba en cama atacado de fiebres y disentería. Pablo entró a verlo, hizo oración, le impuso las manos y lo curó. Después de este suceso los otros enfermos de la isla acudían y eran curados. Tuvieron para con nosotros toda suerte de consideraciones y a nuestra partida nos proveyeron de lo necesario.
            Transcurridos tres meses nos hicimos a la mar en una nave alejandrina que había invernado en la isla y llevaba por enseña los Dióscuros” (Hch. 28, 1-12)
 
            Los antecedentes son que Pablo después de ser juzgado en Cesarea Marítima, el mismísimo rey Herodes Agripa determina enviarlo preso a Roma para que se vea allí la apelación realizada por el propio Pablo que se ha declarado ciudadano romano. De camino a la ciudad eterna, se produce un naufragio y el centurión que quería salvar a Pablo […] dio orden de que los que supieran nadar se arrojasen los primeros al agua y ganasen la orilla; y los demás saliesen unos sobre tablones, otros sobre los despojos de la nave. De esta forma todos llegamos a tierra sanos y salvos” (Hch. 2743-44).
 
            Texto escrito como se ve en primera persona del plural, lo que debe interpretarse como que el autor del libro acompaña a Pablo en aquella tesitura.
 
            Todo lo cual, por otro lado, convierte a Malta en una de las primeras comunidades cristianas del Mediterráneo y de Europa, y ha producido en la preciosa isla que un día fue parte de la corona española y que el 23 de marzo de 1530, mediante el llamado Diploma de Castelfranco, el Rey Carlos I de España cediera a la orden del Hospital, luego llamada de Malta (pinche aquí si le interesa el tema), abundante tradición paulina.
 
            Para empezar, el lugar en el que según la tradición se produjo el naufragio se conoce como Isla de San Pablo y en ella existe una estatua que conmemora el hecho. Existe también una Bahía de San Pablo (St. Paul’s Bay). La catedral de la antigua capital de la isla Mdina también se halla advocada a San Pablo, y está construída en el lugar en el que según la tradición Pablo habría llevado a cabo la curación del padre de Publio relatada en Hechos, un Publio que según la tradición, convertido que se hubo al cristianismo, habría sido el primer Obispo de Malta. Se relaciona también con el apóstol de los gentiles la Colegiata del Naufragio de San Pablo, una de las iglesias más importantes de la isla, donde una imagen del santo sale en procesión precisamente tal día como hoy, 10 de febrero, y en la que se conserva una parte de la columna en la que fue decapitado en Roma y un hueso de su muñeca. Según la tradición, San Pablo se refugió en una cueva, conocida en la actualidad como las Catacumbas de San Pablo en Rabat.
 
            Y bien amigos, con esta hermosa conmemoración, me despido hoy de Vds., no sin desearles, eso sí y como siempre, que hagan Vds. mucho bien y que no reciban menos.
 
            ©L.A.
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Cuerpo en que vivo

A veces reparo en él, reflejado en el espejo del lavabo, cuando salgo de la ducha. Es el cuerpo de un cuarentón que se tira muchas horas en el escritorio, criando una próstata del tamaño de un melón, y que jamás ha pisado un gimnasio. Es el cuerpo de un hombre que todavía se siente fuerte y saludable, aunque haya perdido la agilidad de antaño: en el pecho empieza a blanquearle el vello, sus adiposidades son cada vez más abundantes, la piel que antaño fue tersa y restallante de vida empieza a flojear.

Nunca traté mi cuerpo con excesivo mimo: ha padecido muchos madrugones e insomnios, nunca ha recibido halagos cosméticos, la vida sedentaria lo ha ido ablandando y deteriorando, como una lepra sigilosa. No se me escapa que para algunos que no me quieren es motivo de escarnio, porque los imbéciles se consuelan misteriosamente pensando que los gordos arrastramos una vida triste; y que para otros que me quieren mucho es motivo de preocupación, porque piensan que los kilos excedentes pueden cualquier día darme un disgusto. Pero he aprendido a amar mi cuerpo y no voy a someterlo a demasiadas torturas; pues, aunque es sufrido y abnegado, también protesta cuando se siente agredido. Y a un amigo tan longevo no hay que empeñarse en querer cambiarlo a nuestro gusto; sólo deseamos cambiar aquello que no amamos del todo.

Hay un hermosísimo soneto de Domingo Rivero, un poeta canario precursor del modernismo, que canta este amor que debemos al cuerpo de forma conmovedora:

¿Por qué no te he de amar, cuerpo en que vivo?
¿Por qué con humildad no he de quererte,
si en ti fui niño y joven, y en ti arribo,
viejo, a las tristes playas de la muerte?

Tu pecho ha sollozado compasivo
por mí, en los rudos golpes de mi suerte;
ha jadeado con mi sed, y altivo,
con mi ambición, latió cuando era fuerte.

Y hoy te rindes al fin, pobre materia,
extenuada de angustia y de miseria.
¿Por qué no te he de amar? ¿Qué seré el día

que tú dejes de ser? ¡Profundo arcano!
Sólo sé que en tus hombros hice mía
mi cruz, mi parte en el dolor humano.

Tal vez sea esta incapacidad, tan característica del hombre contemporáneo, para asumir su parte en el dolor humano, lo que provoca el repudio del cuerpo, o el afán de preservarlo joven a toda costa.

Resulta curioso comprobar como los gnósticos de antaño y los materialistas de hogaño coinciden en considerar el cuerpo una cárcel ingrata. El gnóstico de antaño creía que nuestro cuerpo, expuesto a los achaques y a las flaquezas propias de su naturaleza, es un infierno del que nos vemos libres al morir, para alcanzar una vida más plena en la que nuestro espíritu, liberado al fin y para siempre de tan pesado fardo, alcanza la perfección. El materialista de hogaño se empeña en conservar un cuerpo siempre joven; y, por contrariar la naturaleza, lo somete a los más oprobiosos tormentos.

Si el materialista está poseído por el optimismo euforizante, castigará su cuerpo en el gimnasio, lo rectificará en el quirófano, lo obligará a ingerir comistrajos repugnantes; si el materialista está arañado por la desesperación, entregará su cuerpo a los excesos más sórdidos y destructivos. Se podría escribir un ensayo muy interesante que comparase el odio coincidente que, a lo largo de la Historia, espiritualistas y materialistas han profesado al cuerpo, disfrazado con ropajes aparentemente disímiles: a veces el ascetismo enfermizo, a veces el sensualismo más desatado, a veces incluso la idolatría o culto al cuerpo (que es exactamente lo contrario del amor agradecido y constante, que sabe acatar la decrepitud de la carne).

Charles Péguy afirmaba en un pasaje de Clío que la gran desgracia de los dioses del Olimpo y el secreto de su incurable melancolía radicaba en que no pueden morir ni envejecer siquiera. También en el empeño humano de rehuir la muerte, en el anhelo de preservarnos jóvenes hay una abominación terrible que hace que nuestra vida sea contraria a la verdadera vida, acuciada por preocupaciones insensatas que no hacen sino enfermarnos de melancolía.

Sólo hay una manera de derrotar a la muerte, que es tomándola por los cuernos, aceptándola alegremente y desechando la idea de una prolongación indefinida de nuestro tiempo en la tierra; y el mejor modo de desechar tal idea es asumir el deterioro de nuestro cuerpo. Hay que amar el cuerpo sobre el que esta vida se asienta, como el río ama su cauce y sus riberas, sabiendo que le conducen a la desembocadura, que es la muerte. Sólo así podremos concebir el mar inmenso que nos acogerá en esa desembocadura; pues quien se aferra desesperadamente a las riberas, acaba perdiendo de vista el mar, enfermo de melancolía para siempre.

Publicado en XLSemanal.

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San Caralampio, presbitero y mártir.

San Caralampio, presbitero y mártir. 10 de febrero.

Las actas martiriales narran que en el tiempos del emperador Severo había un sacerdote cristiano de nombre Caralampio que enseñaba la doctrina de Cristo y despreciaba a los dioses romanos. Enterados de esto, los romanos hicieron comparecer a Caralampio e intentaron que renunciara a su fe cristiana y adorara a los dioses con sacrificios. Ante la negativa de san Caralampio ordenaron que le azotaran con garfios de hierro, dándose vuelta Caralampio agradeció a sus verdugos el haberle renovado el cuerpo y el espíritu con los azotes. Los verdugos sorprendidos vieron que a pesar de haberle azotado, la piel de Caralampio permanecía intacta y que al golpearle se sentía tan dura como el hierro. Los dos verdugos, de nombre Porfirio y Bapto, ante esto decidieron convertirse al cristianismo y posteriormente también murieron mártires. El capitán Lucio indignado por la torpeza de los verdugos pensó que se trataba de artes de magia del anciano y el mismo decidió asestar contra él un golpe, pero al momento sus manos se separaron de los codos quedando totalmente inútiles. El presidente Luciano al ver esto muy molesto se levantó de su silla y escupió el rostro de Caralampio, y al momento se le torció la cabeza. Ante tales signos todos tuvieron miedo y pidieron perdón a san Caralampio el cual oró por sus captores y todos quedaron sanos y decidieron posteriormente bautizarse. Caralampio seguía obrando milagros curando enfermos y resucitando muertos.

Ante las noticias de lo sucedido con Caralampio el emperador hizo que trecientos soldados le apresaran y le llevaran a Antioquía. Al llegar los soldados apresaron al santo y le clavaron clavos por todo el cuerpo y lo ataron de las largas barbas y le hicieron que caminase de esa forma. dice la leyenda que pasó un caballo el cual le habló a los soldados, amonestándolos por llevar de esa forma a Caralampio y no reconocer que con él estaba Dios. A pesar de este prodigio los soldados continuaron en su camino. Se narra que el mismo demonio tomó forma de un viejo y se presentó ante el César para acusar a Caralampio de ser un mago. El César ordenó que Caralampio fue quemado vivo y a fuego lento, la concubina del emperador tomó un manojo de ceniza caliente y la arrojó en la cabeza del santo. Pero al ser llevado san Caralampio ante las llamas estas se apagaron al instante y los verdugos se desmayaron; ante todo esto el emprador hizo traer a un hombre que se encontraba poseído y ordenó a Caralampio que lo curase. El demonio al verse frente a Caralampio pidió perdón a este, y a la orden del santo el hombre quedo liberado. De la misma manera hicieron traer el cadáver de un joven que tenía tres días de muerto y Caralampio lo resucitó al instante, haciendo que el César reconociera lo grande que era el Dios de los cristianos. Desgraciadamente el emperador fue aconsejado por un tal Crispo que se deshiciera de Caralampio con el pretexto de que no era más que un poderoso mago, por lo que intentaron una vez más obligar a Caralampio a sacrificar a los dioses y ante la negativa de este le hicieron andar sobre teas encendidas pero no dañaron en absoluto al santo sino al contrario dañaron a setenta soldados.

Ante estos portentos san Caralampio logró la conversión de la hija del emperador santa Galena y ante esto el emperador lo condenó a morir decapitado, pero estando a punto de recibir el golpe en el cuello se abrieron los cielos y se escuchó una voz que decía: “Ven Caralampio, amigo mío, que has padecido tanto por mi nombre: ven y pídeme lo que quieras, que yo lo concederé”. San Caralampio agradeció a Dios por tal gracia y le pidió que donde depositasen sus reliquias o celebrasen su memoria, no hubiese hambre, ni peste, ni aire contagioso y que en cualquier lugar en donde se conservase la memoria de su martirio, librara Dios a los cristianos y a los animales de todo mal. La voz le respondió: “Hágase como lo has pedido, mi generoso atleta”, y al momento sin que el cuello de san Caralampio fuera tocado por la espada murió al instante, a la edad de 113 años.

El culto a San Caralampio en especial movido por su leyenda tuvo gran fuerza durante los siglos XVIII y XIX. En Portugal y Galicia se le venera en algunos sitios. En México, específicamente en la población de Comitán de Domínguez, Chiapas, existe actualmente un fuerte culto por este santo, ya que se cuenta que en el siglo XIX llegó un soldado algunos dicen que proveniente de Cuba, otros que de Guatemala, que traía consigo una novena de san Caralampio y que un hombre de nombre Raymundo Solís que habitaba en el barrio en el que actualmente se levanta el templo del santo se la compró. Mandó a hacer una imagen a Guatemala que fuera similar a la de la novena. Siendo el pueblo atacado por una terrible peste, toda la gente se moría. A excepción de la casa del señor Raymundo todas las casas habían sido infectadas, y ante esto coincidieron que se debía a la intercesión de San Caralampio por lo que el pueblo entero decidió llevar en procesión la imagen del santo prometiéndole celebrar su fiesta anualmente con lo que al poco tiempo cesó la peste en Comitán y de esta forma inició su culto.


Fuente:
Lic. André Efrén Ordóñez.

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La persecución de los cristianos de Oriente, eje de la reunión de 2 horas de Francisco y Kirill

La Santa Sede presentó este lunes el programa del histórico encuentro que el 12 de febrero tendrá el Papa Francisco con el Patriarca de la Iglesia Ortodoxa rusa, Kirill (Cirilo, en español), en su escala en Cuba antes de llegar a México para su visita apostólica.

El pasado viernes, la Santa Sede y el Patriarcado de Moscú difundieron un comunicado conjunto en el que anunciaron que el encuentro tendrá lugar en Cuba.

Con los cristianos perseguidos
El Papa Francisco partirá de Roma el viernes 12 a las 7:45 horas y llegará al aeropuerto José Martí de La Habana (Cuba), a las 14:00 horas.

Quince minutos después se realizará el encuentro privado entre ambos líderes religiosos. El Patriarca ruso viaja a Cuba en el marco de una gira por América, en la que visita también Brasil, Chile y Paraguay.

Es una reunión que Moscú ha valorado positivamente y en la que se tratarán asuntos sobre la persecución de las comunidades cristianas en Oriente Medio, según ha adelantado el metropolita Hilarión, presidente del departamento para las relaciones exteriores del Patriarcado de Moscú.

Tras el encuentro privado, que durará dos horas, a las 16:15 horas tendrá lugar el intercambio de regalos y diez minutos después se firmará una declaración conjunta. Luego el Papa Francisco y el Patriarca Kirill pronunciarán un discurso cada uno.

A las 17:00 horas será la presentación de delegaciones y media hora después el Santo Padre partirá hacia México, a donde llegará a las 19:30 horas.

Tanto la Santa Sede como el Patriarcado de Moscú han invitado a todos los cristianos a rezar con fervor por la bendición del encuentro. Las dos Iglesias “desean que sea una señal de esperanza para todos los hombres de buena voluntad”.

Un encuentro histórico
El diálogo ecuménico con las Iglesias Ortodoxas de tradición bizantina, siriaca y eslava comenzó oficialmente en 1980, aunque los primeros pasos importantes en tiempos modernos se dieron ya durante el Concilio Vaticano II, con la cancelación de las excomuniones recíprocas del año 1054.

La cumbre de La Habana, que lleva mucho tiempo preparándose, será la primera de este tipo y marcará una etapa importante en las relaciones entre la Iglesia Católica y la Ortodoxa Rusa

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¿Sigue siendo actual la penitencia?

 Cristo instituyó el sacramento de la Penitencia ofreciéndonos una nueva posibilidad de convertirnos y de recuperar, después del Bautismo, la gracia de la justificación.

 Opus Dei - TEMA 22. La penitencia

Cuando brota del amor de Dios amado sobre todas las cosas, la contrición se llama “contrición perfecta.

1. La lucha contra el pecado después del Bautismo 1.1. Necesidad de la conversión

A pesar de que el Bautismo borra todo pecado, nos hace hijos de Dios y dispone a la persona para recibir el regalo divino de la gloria del Cielo, sin embargo en esta vida quedamos aún expuestos a caer en el pecado; nadie está eximido de tener que luchar contra él, y las caídas son frecuentes. Jesús nos ha enseñado a rezar en el Padrenuestro: «Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden», y esto no de vez en cuando, sino todos los días, muy a menudo. El apóstol S. Juan dice también: «Si decimos: ‘no tenemos pecado’, nos engañamos y la verdad no está en nosotros» (1 Jn 1,8). Y a los cristianos de primera hora en Corinto, san Pablo exhortaba: «En nombre de Cristo os rogamos: reconciliaos con Dios» (2 Co 5, 20).

Así pues, la llamada de Jesús a la conversión: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva» ( Mc 1,15), no se dirige sólo a los que aún no le conocen, sino a todos los fieles cristianos que también deben convertirse y avivar su fe. «Esta segunda conversión es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia» ( Catecismo , 1428).

1.2. La penitencia interior

La conversión comienza en nuestro interior: la que se limita a apariencias externas no es verdadera conversión. Uno no se puede oponer al pecado, en cuanto ofensa a Dios, sino con un acto verdaderamente bueno, acto de virtud, con el que se arrepiente de aquello con lo que ha contrariado la voluntad de Dios y busca activamente eliminar ese desarreglo con todas sus consecuencias. En eso consiste la virtud de la penitencia.

«La penitencia interior es una reorientación radical de toda la vida, un retorno, una conversión a Dios con todo nuestro corazón, una ruptura con el pecado, una aversión del mal, con repugnancia hacia las malas acciones que hemos cometido. Al mismo tiempo, comprende el deseo y la resolución de cambiar de vida con la esperanza de la misericordia divina y la confianza en la ayuda de su gracia» ( Catecismo , 1431).

La penitencia no es una obra exclusivamente humana, un reajuste interior fruto de un fuerte dominio de sí mismo, que pone en juego todos los resortes del conocimiento propio y una serie de decisiones enérgicas. «La conversión es primeramente una obra de la gracia de Dios que hace volver a él nuestros corazones: “Conviértenos, Señor, y nos convertiremos” ( Lam 5,21). Dios es quien nos da la fuerza para comenzar de nuevo» ( Catecismo , 1432).

1.3. Diversas formas de penitencia en la vida cristiana

La conversión nace del corazón, pero no se queda encerrada en el interior del hombre, sino que fructifica en obras externas, poniendo en juego a la persona entera, cuerpo y alma. Entre ellas destacan, en primer lugar, las que están incluidas en la celebración de la Eucaristía y las del sacramento de la Penitencia, que Jesucristo instituyó para que saliéramos victoriosos en la lucha contra el pecado.

Además, el cristiano tiene otras muchas formas de poner en práctica su deseo de conversión. «La Escritura y los Padres insisten sobre todo en tres formas: el ayuno, la oración, la limosna (cfr. Tb 12,8; Mt 6,1-18), que expresan la conversión con relación a sí mismo, con relación a Dios y con relación a los demás» ( Catecismo , 1434). A esas tres formas se reconducen, de un modo u otro, todas las obras que nos permiten rectificar el desorden del pecado.

Con el ayuno se entiende no sólo la renuncia moderada al gusto en los alimentos, sino también todo lo que supone exigir al cuerpo y no darle gusto con el fin de dedicarnos a lo que Dios nos pide para el bien de los demás y el propio. Como oración podemos entender toda aplicación de nuestras facultades espirituales –inteligencia, voluntad, memoria– a unirnos a Dios Padre nuestro en conversación familiar e íntima. Con relación a los demás, la limosna no es sólo dar dinero u otros bienes materiales a los necesitados, sino también otros tipos de donación: compartir el propio tiempo, cuidar a los enfermos, perdonar a los que nos han ofendido, corregir al que lo necesita para rectificar, dar consuelo a quien sufre, y otras muchas manifestaciones de entrega a los demás.

La Iglesia nos impulsa a las obras de penitencia especialmente en algunos momentos, que nos sirven además para ser más solidarios con los hermanos en la fe. «Los tiempos y los días de penitencia a lo largo del año litúrgico (el tiempo de Cuaresma, cada viernes en memoria de la muerte del Señor) son momentos fuertes de la práctica penitencial de la Iglesia» ( Catecismo , 1438).

2. El sacramento de la Penitencia y Reconciliación 2.1. Cristo instituyó este sacramento

«Cristo instituyó el sacramento de la Penitencia en favor de todos los miembros pecadores de su Iglesia, ante todo para los que, después del Bautismo, hayan caído en el pecado grave y así hayan perdido la gracia bautismal y lesionado la comunión eclesial. El sacramento de la Penitencia ofrece a éstos una nueva posibilidad de convertirse y de recuperar la gracia de la justificación» ( Catecismo , 1446).

Jesús, durante su vida pública, no sólo exhortó a los hombres a penitencia, sino que acogiendo a los pecadores los reconciliaba con el Padre [1] . «Al dar el Espíritu Santo a sus apóstoles, Cristo resucitado les confirió su propio poder divino de perdonar los pecados: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” ( Jn 20, 22-23)» ( Catecismo , 976). Es un poder que se transmite a los obispos, sucesores de los apóstoles como pastores de la Iglesia, y a los presbíteros, que son también sacerdotes del Nuevo Testamento, colaboradores de los obispos, en virtud del sacramento del Orden. «Cristo quiso que toda su Iglesia, tanto en su oración como en su vida y su obra, fuera el signo y el instrumento del perdón y de la reconciliación que nos adquirió al precio de su sangre. Sin embargo, confió el ejercicio del poder de absolución al ministerio apostólico» ( Catecismo , 1442).

2.2. Nombres de este sacramento

Recibe diversos nombres según se ponga de relieve un aspecto u otro. «Se denomina sacramento de la Penitencia porque consagra un proceso personal y eclesial de conversión, de arrepentimiento y de reparación por parte del cristiano pecador» ( Catecismo , 1423); « de reconciliación porque otorga al pecador el amor de Dios que reconcilia» ( Catecismo , 1424); « de la confesión porque […] la confesión de los pecados ante el sacerdote, es un elemento esencial de este sacramento» ( ibidem ); « del perdón porque, por la absolución sacramental del sacerdote, Dios concede al penitente el perdón y la paz» ( ibidem ); « de conversión porque realiza sacramentalmente la llamada de Jesús a la conversión» ( Catecismo , 1423).

2.3. Sacramento de la Reconciliación con Dios y con la Iglesia

«Quienes se acercan al sacramento de la penitencia obtienen de la misericordia de Dios el perdón de la ofensa hecha a Él y al mismo tiempo se reconcilian con la Iglesia, a la que hirieron pecando, y que colabora a su conversión con la caridad, con el ejemplo y las oraciones» ( Lumen gentium , 11).

«Porque el pecado es una ofensa hecha o Dios, que rompe nuestra amistad con él, la penitencia “tiene como término el amor y el abandono en el Señor”. El pecador, por tanto, movido por la gracia del Dios misericordioso, se pone en camino de conversión, retorna al Padre, que: «nos amó primero», y a Cristo, que se entregó por nosotros, y al Espíritu Santo, que ha sido derramado copiosamente en nosotros» 

«“Por arcanos y misteriosos designios de Dios, los hombres están vinculados entre sí por lazos sobrenaturales, de suerte que el pecado de uno daña a los demás, de la misma forma que la santidad de uno beneficia a los otros”, por ello la penitencia lleva consigo siempre una reconciliación a los demás, de la misma forma que la santidad de uno beneficia a quienes el propio pecado perjudica» 

2.4. La estructura fundamental de la Penitencia

«Los elementos esenciales del sacramento de la Reconciliación son dos: los actos que lleva a cabo el hombre, que se convierte bajo la acción del Espíritu Santo, y la absolución del sacerdote, que concede el perdón en nombre de Cristo y establece el modo de la satisfacción» ( Compendio , 302).

3. Los actos del penitente

Son «los actos del hombre que se convierte bajo la acción del Espíritu Santo, a saber, la contrición, la confesión de los pecados y la satisfacción» (Catecismo , 1448).

3.1. La contrición

«Entre los actos del penitente, la contrición aparece en primer lugar. Es “un dolor del alma y una detestación del pecado cometido con la resolución de no volver a pecar”» ( Catecismo , 1451 [4] ).

«Cuando brota del amor de Dios amado sobre todas las cosas, la contrición se llama “contrición perfecta”(contrición de caridad). Semejante contrición perdona las faltas veniales; obtiene también el perdón de los pecados mortales si comprende la firme resolución de recurrir tan pronto sea posible a la confesión sacramental» ( Catecismo , 1452).

«La contrición llamada “imperfecta” (o “atrición”) es también un don de Dios, un impulso del Espíritu Santo. Nace de la consideración de la fealdad del pecado o del temor de la condenación eterna y de las demás penas con que es amenazado el pecador. Tal conmoción de la conciencia puede ser el comienzo de una evolución interior que culmina, bajo la acción de la gracia, en la absolución sacramental. Sin embargo, por sí misma la contrición imperfecta no alcanza el perdón de los pecados graves, pero dispone a obtenerlo en el sacramento de la Penitencia» ( Catecismo , 1453).

«Conviene preparar la recepción de este sacramento mediante un examen de conciencia hecho a la luz de la Palabra de Dios. Para esto, los textos más aptos a este respecto se encuentran en el Decálogo y en la catequesis moral de los evangelios y de las cartas de los apóstoles: Sermón de la montaña y enseñanzas apostólicas» ( Catecismo , 1454).

3.2. La confesión de los pecados

«La confesión de los pecados hecha al sacerdote constituye una parte esencial del sacramento de la penitencia: “En la confesión, los penitentes deben enumerar todos los pecados mortales de que tienen conciencia tras haberse examinado seriamente, incluso si estos pecados son muy secretos y si han sido cometidos solamente contra los dos últimos mandamientos del Decálogo (cfr. Ex 20,17; Mt 5,28), pues, a veces, estos pecados hieren más gravemente el alma y son más peligrosos que los que han sido cometidos a la vista de todos”» ( Catecismo , 1456 

«La confesión individual e íntegra y la absolución continúan siendo el único modo ordinario para que los fieles se reconcilien con Dios y la Iglesia, a no ser que una imposibilidad física o moral excuse de este modo de confesión»[6] . La confesión de las culpas nace del verdadero conocimiento de sí mismo ante Dios, fruto del examen de conciencia, y de la contrición de los propios pecados. Es mucho más que un desahogo humano: «La confesión sacramental no es un diálogo humano, sino un coloquio divino» 

Al confesar los pecados el cristiano penitente se somete al juicio de Jesucristo, que lo ejercita por medio del sacerdote, el cual prescribe al penitente las obras de penitencia y lo absuelve de los pecados. El penitente combate el pecado con las armas de la humildad y la obediencia.

3.3. La satisfacción

«La absolución quita el pecado, pero no remedia todos los desórdenes que el pecado causó. Liberado del pecado, el pecador debe todavía recobrar la plena salud espiritual. Por tanto, debe hacer algo más para reparar sus pecados: debe satisfacer de manera apropiada o expiar sus pecados. Esta satisfacción se llama también penitencia » ( Catecismo , 1459).

El confesor, antes de dar la absolución, impone la penitencia, que el penitente debe aceptar y cumplir luego. Esa penitencia le sirve como satisfacción por los pecados y su valor proviene sobre todo del sacramento: el penitente ha obedecido a Cristo cumpliendo lo que Él ha establecido sobre este sacramento, y Cristo ofrece al Padre esa satisfacción de un miembro suyo.

 

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Sinodalidad y descentralización, temas clave en la última reunión del Consejo de Cardenales

El consejo de Cardenales ha concluido este martes su encuentro de dos días con el Papa Francisco.

El único ausente durante la reunión ha sido el
cardenal Oswald Gracias, que ya había adelantado que no podría asistir debido a una operación ya programada.

La sinodalidad y la descentralización a examen
Los cardenales han concelebrado con el Santo Padre la misa de esta mañana en la Basílica de San Pedro con los frailes capuchinos.

El conocido como C9 o Consejo de los Nueve Cardenales fue creado por el Papa Francisco el 13 de abril de 2013. Los cardenales, que provienen de los cinco continentes, asesoran al Papa en su labor de reforma de la Curia. Esta ha sido la decimotercera ocasión en la que se han reunido en el Vaticano. 

El padre Federico Lombardi, director de la oficina de prensa del Vaticano, ha indicado hoy que entre los temas abordados ha estado la sinodalidad y la descentralización. Como ya estaba previsto en la conclusión del encuentro precedente, en la primera sesión se ha realizado una profundización del discurso del Santo Padre en ocasión del 50º aniversario del Sínodo de los Obispos, el 17 de octubre del año pasado.

Tal discurso, que ha desarrollado ampliamente el tema de la “sinodalidad”, constituye una referencia importante para el trabajo de la reforma Curia. 

Acaban los trabajos sobre los dos nuevos dicasterios

Asimismo, se han entregado las últimas propuestas para los nuevos dicasterios: Laicos-Familia-Vida y Justicia-Paz-Migración. Al respecto, el padre Lombardi ha asegurado que se podría dar por terminado este trabajo.

Por otro lado, han comenzado a estudiar y presentar consideraciones sobre la Secretaria de Estado y la Congregación para el Culto Divino y la disciplina de los sacramentos.

Por su parte, el cardenal Seán Patrick  O’Malley ha informado sobre las propuestas de la Pontificia Comisión para la Tutela de los Menores –de la que es presidente– reunidos en Roma la semana pasada.

También el cardenal George Pell, en calidad de prefecto de la Secretaría para la Economía, ha presentado la situación respecto a la reforma en el campo económico.

Como último punto, se ha hablado del informe que el Tribunal de la Rota ha enviado a las diócesis sobre el motu proprio respecto al proceso de nulidad.
 

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Miércoles de Ceniza: el inicio de la Cuaresma

La imposición de las cenizas nos recuerda que nuestra vida en la tierra es pasajera y que nuestra vida definitiva se encuentra en el Cielo. 

La Cuaresma comienza con el Miércoles de Ceniza y es un tiempo de oración, penitencia y ayuno. Cuarenta días que la Iglesia marca para la conversión del corazón.
Las palabras que se usan para la imposición de cenizas, son:
“Concédenos, Señor, el perdón y haznos pasar del pecado a la gracia y de la muerte a la vida”
“Recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás"
“Arrepiéntete y cree en el Evangelio”.
Origen de la costumbre 
Antiguamente los judíos acostumbraban cubrirse de ceniza cuando hacían algún sacrificio y los ninivitas también usaban la ceniza como signo de su deseo de conversión de su mala vida a una vida con Dios.
En los primeros siglos de la Iglesia, las personas que querían recibir el Sacramento de la Reconciliación el Jueves Santo, se ponían ceniza en la cabeza y se presentaban ante la comunidad vestidos con un "hábito penitencial". Esto representaba su voluntad de convertirse. 
En el año 384 d.C., la Cuaresma adquirió un sentido penitencial para todos los cristianos y desde el siglo XI, la Iglesia acostumbra poner las cenizas al iniciar los 40 días de penitencia y conversión.
Las cenizas que se utilizan se obtienen quemando las palmas usadas el Domingo de Ramos de año anterior. Esto nos recuerda que lo que fue signo de gloria pronto se reduce a nada. 
También, fue usado el período de Cuaresma para preparar a los que iban a recibir el Bautismo la noche de Pascua, imitando a Cristo con sus 40 días de ayuno. 
La imposición de ceniza es una costumbre que nos recuerda que algún día vamos a morir y que nuestro cuerpo se va a convertir en polvo. Nos enseña que todo lo material que tengamos aquí se acaba. En cambio, todo el bien que tengamos en nuestra alma nos lo vamos a llevar a la eternidad. Al final de nuestra vida, sólo nos llevaremos aquello que hayamos hecho por Dios y por nuestros hermanos los hombres.
Cuando el sacerdote nos pone la ceniza, debemos tener una actitud de querer mejorar, de querer tener amistad con Dios. La ceniza se le impone a los niños y a los adultos. 
Significado del carnaval al inicio de la Cuaresma
A comienzos de la Edad Media la Iglesia Católica propuso una etimología de carnaval: del latín vulgar carne-levare, que significa ´abandonar la carne´ (lo cual justamente era la prescripción obligatoria para todo el pueblo durante todos los viernes de la Cuaresma) y su origen se remonta a los tiempos antiguos en los que por falta de métodos de refrigeración adecuados, los cristianos tenían la necesidad de acabar, antes de que empezara la Cuaresma, con todos los productos que no se podían consumir durante ese período (no sólo carne, sino también leche, huevo, etc.) 
Con este pretexto, en muchas localidades se organizaban el martes anterior al miércoles de ceniza, fiestas populares llamadas carnavales en los que se consumían todos los productos que se podrían echar a perder durante la cuaresma.
Muy pronto empezó a degenerar el sentido del carnaval, convirtiéndose en un pretexto para organizar grandes comilonas y para realizar también todos los actos de los cuales se "arrepentirían" durante la cuaresma, enmarcados por una serie de festejos y desfiles en los que se exaltan los placeres de la carne de forma exagerada.
El ayuno y la abstinencia 
El miércoles de ceniza y el viernes santo son días de ayuno y abstinencia. La abstinencia obliga a partir de los 14 años y el ayuno de los 18 hasta los 59 años. El ayuno consiste hacer una sola comida fuerte al día y la abstinencia es no comer carne. Este es un modo de pedirle perdón a Dios por haberlo ofendido y decirle que queremos cambiar de vida para agradarlo siempre.
La oración 
La oración en este tiempo es importante, ya que nos ayuda a estar más cerca de Dios para poder cambiar lo que necesitemos cambiar de nuestro interior. Necesitamos convertirnos, abandonando el pecado que nos aleja de Dios. Cambiar nuestra forma de vivir para que sea Dios el centro de nuestra vida. Sólo en la oración encontraremos el amor de Dios y la dulce y amorosa exigencia de su voluntad. 
Para que nuestra oración tenga frutos, debemos evitar lo siguiente:
La hipocresía: Jesús no quiere que oremos para que los demás nos vean llamando la atención con nuestra actitud exterior. Lo que importa es nuestra actitud interior. 
La disipación: Esto quiere decir que hay que evitar las distracciones lo más posible. Preparar nuestra oración, el tiempo y el lugar donde se va a llevar a cabo para podernos poner en presencia de Dios. 
 
La multitud de palabras: Esto quiere decir que no se trata de hablar mucho o repetir oraciones de memoria sino de escuchar a Dios. La oración es conformarnos con Él; nuestros deseos, nuestras intenciones y nuestras necesidades. Por eso no necesitamos decirle muchas cosas. La sinceridad que usemos debe salir de lo profundo de nuestro corazón porque a Dios no se le puede engañar. 
El sacrificio 
Al hacer sacrificios (cuyo significado es "hacer sagradas las cosas"), debemos hacerlos con alegría, ya que es por amor a Dios. Si no lo hacemos así, causaremos lástima y compasión y perderemos la recompensa de la felicidad eterna. Dios es el que ve nuestro sacrificio desde el cielo y es el que nos va a recompensar. “Cuando ayunéis no aparezcáis tristes, como los hipócritas que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad os digo, ya recibieron su recompensa. Tú cuando ayunes, úngete la cabeza y lava tu cara para que no vean los hombres que ayunas, sino Tu Padre, que está en lo secreto: y tu padre que ve en lo secreto, te recompensará. “ (Mt 6,6)” 
Conclusión
Como vemos, la ceniza no es un rito mágico, no nos quita nuestros pecados, para ello tenemos el Sacramento de la Reconciliación. Es un signo de arrepentimiento, de penitencia, pero sobre todo de conversión. Es el inicio del camino de la Cuaresma, para acompañar a Jesús desde su desierto hasta el día de su triunfo que es el Domingo de Resurrección. 
Debe ser un tiempo de reflexión de nuestra vida, de entender a donde vamos, de analizar como es nuestro comportamiento con nuestra familia y en general con todos los seres que nos rodean.
En estos momentos al reflexionar sobre nuestra vida, debemos convertirla de ahora en adelante en un seguimiento a Jesús, profundizando en su mensaje de amor y acercándonos en esta Cuaresma al Sacramento de la Reconciliación (también llamado confesión), que como su nombre mismo nos dice, representa reconciliarnos con Dios y sin reconciliarnos con Dios y convertirnos internamente, no podremos seguirle adecuadamente.
Está Reconciliación con Dios está integrada por el Arrepentimiento, la Confesión de nuestros pecados, la Penitencia y finalmente la Conversión.
El arrepentimiento debe ser sincero, reconocer que las faltas que hemos cometido (como decimos en el Yo Pecador: en pensamiento, palabra, obra y omisión), no las debimos realizar y que tenemos el firme propósito de no volverlas a cometer.
La confesión de nuestros pecados.- el arrepentimiento de nuestras faltas, por sí mismo no las borra, sino que necesitamos para ello la gracia de Dios, la cual llega a nosotros por la absolución de nuestros pecados expresada por el sacerdote en la confesión.
La penitencia que debemos cumplir empieza desde luego por la que nos imponga el sacerdote en el Sacramento de la Reconciliación, pero debemos continuar con la oración, que es la comunicación íntima con Dios, con el ayuno, que además del que manda la Iglesia en determinados días, es la renuncia voluntaria a diferentes satisfacciones con la intención de agradar a Dios y con la caridad hacia el prójimo.
Y finalmente la Conversión que como hemos dicho es ir hacia delante, es el seguimiento a Jesús.
Es un tiempo de pedir perdón a Dios y a nuestro prójimo, pero es también un tiempo de perdonar a todos los que de alguna forma nos han ofendido o nos han hecho algún daño. Pero debemos perdonar antes y sin necesidad de que nadie nos pida perdón, recordemos como decimos en el Padre Nuestro, muchas veces repitiéndolo sin meditar en su significado, que debemos pedir perdón a nuestro Padre, pero antes tenemos que haber perdonado sinceramente a los demás. 
Y terminemos recorriendo al revés nuestra frase inicial, diciendo que debemos escuchar y leer el Evangelio, meditarlo y Creer en él y con ello Convertir nuestra vida, siguiendo las palabras del Evangelio y evangelizando, es decir transmitiendo su mensaje con nuestras acciones y nuestras palabras.

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