domingo, 2 de agosto de 2015

Iba a Cuba, quedó en Cádiz

Monseñor Fray Baltasar de Figueroa (Jaén, España, 29 de diciembre de 1634 - † Cádiz, España, 8 de septiembre de 1684) fue un religioso cisterciense español nombrado Obispo de Santiago de Cuba.

Se educó en la Orden del Cister, donde se ordenó sacerdote. El 10 de mayo de 1683 fue elegido obispo de Cuba y consagrado en España.

Falleció en Cádiz cuando se disponía a embarcarse para Cuba. Fue sepultado en la catedral de esa ciudad.

Descanse en paz.

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Título: La Casa de las Cancelas

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Tomás de la Torre Lendínez

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Juan María Vianney, el Cura de Ars

 “Ha escogido Dios más bien a los locos del mundo para confundir a los sabios. Y ha escogido Dios a los débiles del mundo para confundir a los fuertes”   (1ª. Corintios 1:27)

NIÑEZ Y VOCACION

Juan María Vianney Beluze nació en Dardilly, al noroeste de Lyon, Francia, el 8 de mayo de 1786. Fue el tercero de seis hermanos de una familia campesina. Juan María creció trabajando en el campo y cuidando rebaños.

Siendo todavía un niño empezó la Revolución Francesa (1789-1799), y poco después los católicos practicantes eran perseguidos por el gobierno francés y amenazados con la pena de muerte. Los que se arriesgaban tenían que asistir a Misa en lugares escondidos, y los sacerdotes iban disfrazados para no ser reconocidos.

Por esta razón Juan María tuvo que hacer su Primera Comunión en su casa. Su familia y amigos simularon que descargaban bultos de heno para alimentar el ganado, tapando el acceso a cualquier ventana de la casa desde el exterior de la misma para que nadie se diese cuenta del acto sagrado que se estaba realizando.

Juan María se conmovió tanto ese día que no pudo evitar llorar de la emoción. Y al cumplir los 17 años le manifestó a su madre su firme deseo de ser sacerdote, y con ello ganar muchas almas para Dios.

Sin embargo a su padre no le agradó la idea de que su hijo fuera sacerdote, ya que necesitaba su ayuda trabajando en el campo y cuidando las ovejas. Juan María tuvo que esperar pacientemente más de dos años antes de que su padre le apoyara.

Por fin a los 20 años pudo empezar sus estudios para poder ser ordenado sacerdote, ingresando para ello en la Escuela de la ciudad de Ecculy, a unos 30 kms. al sur de Dardilly, la cual estaba a cargo de Padre M. Balley.

ESTUDIOS ECLESIASTICOS

En 1806 el sacerdote de Ecculy, el Padre Balley, abrió una escuela para aspirantes a eclesiásticos, y Juan María ingresó en ella. Aunque él era de mediana inteligencia y sus conocimientos eran muy limitados, sus maestros nunca dudaron de su vocación. Juan María sabía muy poco sobre historia, aritmética y geografía, pero sus conocimientos de latín eran nulos y, además, se le dificultaba enormemente el estudio de dicha lengua, indispensable en aquella época para llegar a la ordenación sacerdotal.

Un compañero suyo, Matthías Loras, quien posteriormente llegaría ser el primer Obispo de Dubeque, le ayudaba en sus lecciones de latín. También el Padre Balley, su director, vio su gran vocación y se ofreció a ayudarle.

Juan María estudió con el Padre Balley durante tres años para prepararse para su examen de ingreso en el Seminario. Y cuando parecía que todo iba por buen camino, suspendió el examen debido a sus escasos y muy limitados conocimientos del latín.

EL SERVICIO MILITAR

A raíz de haber suspendido el examen, Juan María se vio forzado a reanudar sus estudios en Ecculy, pero de nuevo se le presentó otro obstáculo: fue llamado a filas al haber obligado la guerra en España a reclutar soldados para el ejército napoleónico, con lo cual el Emperador anuló la exención de que disfrutaba los estudiantes eclesiásticos mayores de 17 años de no ser llamados al servicio militar.

Su padre intentó procurarle un sustituto y al fin lo consiguió ofreciéndole la suma de tres mil francos, pero el candidato a los pocos momentos renunció a ser el sustituyo de Juan María, de modo que éste se vio obligado a incorporarse al ejército francés.

El regimiento al que fue destinado Juan María pronto recibió la orden de marcha. La mañana de la partida él fue a la Iglesia a orar y a la salida enfermó, por lo que tuvo que estar el resto del día y toda la noche ingresado en el hospital.

A su vuelta al cuartel encontró que sus camaradas habían salido ya. Se le amenazó con un arresto, pero el capitán del cuartel creyó lo que Juan María le había contado, y le envió tras las tropas para que se uniera a su regimiento.

Por el camino se encontró con otro joven, quien se ofreció para guiarle hasta sus compañeros, sin que Juan María se diera cuenta de que el joven se trataba de un desertor del ejército, quien le condujo hasta la ciudad de Noes, donde otros desertores ya se habían refugiado.

Al estar en Noes, Juan María fue a visitar al Alcalde y le contó su caso. Le ley ordenaba pena de muerte para quien desertara del ejército, pero el bondadoso Alcalde escondió a Juan María en el pajar de su casa, fuera de la vista de cualquier grupo del ejército.

El Alcalde de Noes permitió que Juan María cambiara de identidad, pasando a llamarse Jerónimo Vincent y, a cambio del asilo que le concedía, pidió a Juan María que ejerciera de maestro en la población.

Al cabo de mucho tiempo Juan María pudo comunicarse con su familia dejándoles saber su situación personal. Su padre se enfadó al conocer que su hijo era un desertor y le ordenó que se entregara, pero la situación fue resuelta por su hermano menor, quien se ofreció a servir militarmente en lugar de Juan María, y fue aceptado.

Al fin, cuando Juan María llevaba 14 meses como desertor, el Emperador Napoleón promulgó un decreto mediante el cual eximía de culpa a todos los que se habían fugado del ejército, y así él pudo regresar a su hogar.

SU ORDENACION SACERDOTAL

A su regreso, Juan María ingresó en el Seminario Menor de Verriéres a los 26 años de edad para cursar los estudios de filosofía en francés, dada su incapacidad para hacerlo en latín. Allí fue compañero del que después sería el fundador de los Hermanos Maristas, Marcelino Champagnat.

Pero Juan María suspendió el examen de ingreso al Seminario Mayor. Sus dificultades en los estudios preparatorios parecen haberse debido a la insuficiencia de su primera escolarización, a su mediana inteligencia y a la avanzada edad en que empezó a estudiar. En cambio era de resaltar lo adelantado que se encontraba en ciencia espiritual y en la práctica de la virtud.

Por todo ello, el Padre Balley intercedió por él ante los examinadores después de que Juan María suspendiera el examen. A los tres meses fue nuevamente examinado y esta vez aprobó. Igualmente tuvo dificultades para superar las pruebas de los estudios en el Seminario Mayor, pero intercedieron por él ante el Obispo de la Diócesis, tanto el Padre Balley como los examinadores del Seminario, y el Obispo se percató del gran amor a Dios y de la gran vocación para el sacerdocio que Juan María poseía. El Obispo dio la orden para que fuera ordenado sacerdote, pues aún cuando le faltaban conocimientos, tenía santidad, y por ello Dios supliría lo demás.

Juan María incluso fue en peregrinación varios días hasta la tumba de San Francisco Regis, en la ciudad de Lalouvesc, costeándose los gastos del viaje a base de limosnas, para pedirle a ese santo su ayuda para poder ser ordenado sacerdote. Con esta peregrinación, Juan María no logró una mayor inteligencia para los estudios, pero adquirió valor para no dejarse dominar por las dificultades.

Y al fin Juan María se convirtió en el Padre Vianney al ser ordenado sacerdote el 13 de agosto de 1815, a los 29 años de edad, por Monseñor Simón, Obispo de Grenoble.

El ahora Padre Vianney tuvo que superar muchos obstáculos para lograr su objetivo, pero perseveró hasta alcanzar la meta que se había propuesto. ¡Al fin se le cumplió su gran deseo de ser sacerdote!

EL CAMINO HACIA ARS

Juan María Vianney trabajó durante tres años como asistente del Padre Balley en Ecculy, y a la muerte de éste fue nombrado Párroco de Ars, un pueblo situado a 38 kms. de Ecculy. Ars era entonces un pueblo pobre y aislado situado al este de Francia, no lejos de la frontera con Suiza, hacia donde se dirigió el 9 de febrero de 1818.

El Padre Vianney tuvo que andar esa distancia de 38 kms hasta Ecculy, y dado que no conocía el camino, le pidió a un pastor que encontró en el camino que le indicara dónde estaba Ars. Después que el pastor se lo explicó, Juan María le dijo: “Tú me has enseñado el camino hacia Ars, y yo te enseñaré el camino al cielo”.

Ars era entonces un pueblo de 370 habitantes, donde la gente se divertía bailando y tomando licor, pero sin acercarse a las cosas de Dios. A la Misa dominical únicamente acudían un solo hombre y pocas mujeres. Su antecesor dejó escrito: “Las gentes de esta Parroquia en lo único que se diferencian de los ancianos es en que están bautizados”.

Allí, en Ars, el Padre Vianney estará por espacio de 41 años, hasta su muerte, y lo transformará todo. Su secreto era darlo todo y no conservar nada; darlo todo por amor a Dios. Y su oración era: “Dios mío, concédeme la gracia de amarte tanto cuanto yo sea capaz”.

SU MINISTERIO SACERDOTAL

Cuando el Cura Párroco de Ars, Juan María Vianney, vio el estado del pueblo y el alejamiento de sus gentes con todo relacionado con Dios, se propuso un triple método para cambiar a los habitantes de Ars y acercarlos a su Parroquia: Orar mucho, sacrificarse lo más posible y hablar fuerte y con dureza.

La falta de feligreses él la suplía con horas de oración diaria frente al Santísimo, y practicaba duras penitencias para convertirlos. Durante años se alimentó diariamente sólo con unas pocas patatas cocinadas; los lunes y los jueves cocinaba una docena y media de patatas, que le duraban los tres días siguientes a razón de casi seis patatas diarias.

Al principio el Padre Vianney estaba por espacio de tres horas leyendo y estudiando sobre el tema del sermón que daría en la próxima Misa dominical, y luego la ponía por escrito. Después, y durante mucho rato, paseaba por un campo cercano a la Casa Parroquial recitando su sermón en voz alta, para así tratar de aprendérselo de memoria. Después estaba largo rato ante el altar, donde se encontraba el Santísimo Sacramento, encomendándole al Señor lo que iba a decirles a los feligreses en su sermón. Pero a pesar de ello muchas veces, al empezar a predicar, se le olvidaba todo lo aprendido. Pero lo que decía llegaba al corazón del pueblo, causando impresionantes conversiones entre el mismo.

Juan María dedicaba horas enteras a la oración en busca de la conversión del pueblo de Ars, y decía: “Hemos de orar con frecuencia, pero debemos redoblar nuestras oraciones en las horas de prueba”. Era una gran prueba para él, pero el amor a Dios y a su pueblo era aún mayor.

Lo poco que el Cura de Ars tenía se lo daba a los pobres. Su hermana Margarita contó una vez esta anécdota sobre él: “Un día de invierno el Padre Balley dijo a mi hermano: ‘Ve a Lyon a visitar a tal señora, pero es importante que te arregles bien y que te pongas los mejores pantalones’. Al regresar, Juan María llevaba unos pantalones destrozados. Entonces el Padre Balley le preguntó qué le había pasado, y él le contestó que había encontrado en el camino a un pobre que soportaba un gran frío y él, movido por la compasión, le había cambiado los pantalones nuevos por los viejos y rotos del pobre”.

Después de un tiempo de estar en Ars, Juan María fundó un orfanato para jóvenes desamparadas, al cual denominó “La Providencia”, que mantenía a base de las donaciones que recibía. El propio Padre Vianney instruía las jóvenes del Orfanato en el Catecismo, y estas enseñanzas catequéticas llegaron a ser tan populares entre los pobladores de Ars, que posteriormente los daba todos los días en la Iglesia ante una gran afluencia de gente.

El Orfanato La Providencia fue la obra favorita del Cura de Ars, pero a pesar del éxito obtenido la tuvo que cerrar en 1847 porque él pensaba que no estaba justificado mantenerlo ante la oposición de mucha gente. Su cierre fue una gran prueba para él.

Al cabo de un tiempo en Ars, el horario diario del Padre Vianney era tan estricto como su vida misma. Se levantaba diariamente a las 12 de la noche, hacía sonar la campana de la Iglesia y se disponía confesar a los hombres hasta las 6 de la mañana. Después empezaba a rezar los Salmos de su Devocionario y a prepararse para la Santa Misa de la 7 de la mañana. En sus últimos años de vida su Obispo consiguió que Juan María se tomara una taza de leche al finalizar la Misa, a las 8 de la mañana.

De 8 a 11 confesaba a las mujeres y después daba clase de Catecismo para todas las personas que estuvieran en Templo. A las 12 del mediodía iba a tomarse un ligerísimo almuerzo a base de patatas hervidas, se aseaba y mientras estuvo en funcionamiento el Orfanato, iba a visitar a las personas allí ingresadas.

De las 2 hasta las 6 de la tarde seguía confesando. Sus consejos en la confesión eran muy breves, pero edificantes. A muchos les leía los pecados en su pensamiento y se los mencionaba si no lo habían hecho. Después leía un rato y a las 8 se acostaba. Pero en verano eran más aún las horas de confesión, aprovechando que el día era más largo.

Pero la principal labor del Cura de Ars fue, sin duda alguna, la dirección de almas. No llevaba mucho tiempo en Ars cuando la gente empezó a acudir a él desde otras parroquias, y luego desde lugares cada vez más lejanos, e incluso desde fuera de Francia. En 1835 su Obispo le prohibió asistir a los retiros anuales del clero diocesano porque, según él, “las almas le esperaban en Ars”.

Su consejo era buscado por obispos, sacerdotes, religiosos, pecadores, personas con toda clase de dificultades, enfermos y jóvenes con dudas sobre su vocación. El Venerable Padre Colin se ordenó diácono por consejo de Juan María, y fue su amigo hasta el último día de su vida. Y la Madre María de la Providencia fundó la Orden de las Hermanas Auxiliadoras de las Ánimas del Purgatorio, por consejo del Cura de Ars y con su constante aliento.

Su dirección se caracterizaba por el sentido común, su notable perspicacia y su conocimiento sobrenatural. Sus instrucciones las daba con lenguaje sencillo, lleno de imágenes sacadas de la vida diaria, pero que respiraban fe y ese amor de Dios que era su principio vital y que influía en su audiencia, tanto por su modo de comportarse y su apariencia, como por sus palabras.

La gente empezó a darse cuenta de lo que el Cura de Ars hacía, y empezó a hacerse popular. Empezaron a catalogarle como santo, cosa que a él no le gustaba porque se consideraba un pobre pecador. Pero también otros empezaron a criticarle, motivados posiblemente por la envidia.

A raíz de ello, el Obispo envió un Visitador a Ars para oír los sermones del Padre Vianney, y le pidió a su regreso que le dijera las cualidades y los defectos de sus prédicas. Entonces el Obispo preguntó al Visitador:

.- ¿Tienen algún defecto los sermones del Padre Vianney?

.- Sí, Monseñor, dijo el Visitador, tienen tres defectos. Primero, son muy largos. Segundo, son muy duros y fuertes. Tercero, siempre habla de los mismos temas: pecados, vicios, muerte, juicio, infierno y cielo.

.- Bueno, pero ¿tienen también alguna cualidad? Preguntó el Obispo.

.- Sí, tienen una cualidad, repuso el Visitador. Las personas se conmueven, se convierten y empiezan una nueva vida, más santa de la que llevaban antes.

.- Pues si es así, dijo el Obispo, por esta última cualidad creo que se le pueden perdonar al Cura de Ars los otros tres defectos.

EL CONFESOR

Cuando concedieron el permiso para que le ordenaran sacerdote, escribieron la siguiente nota en su expediente: “Que sea sacerdote, pero que no le pongan a confesar, porque no tiene ciencia para ese oficio”. Sin embargo, ese fue su oficio durante toda su vida sacerdotal, y lo hizo mejor que los que sí tenían mucha ciencia e inteligencia. Porque en esto lo que cuenta es la iluminación de Dios por medio del Espíritu Santo.

El Padre Vianney pasaba entre 12 y 16 horas diarias en el confesionario, según la época del año. Al paso del tiempo, para confesarse con él había que apartar turno con tres días de anticipación. Entre 1830 a 1845 llegaban de 300 a 400 personas diariamente a Ars para ver al Cura. Era tanta la afluencia que junto a la casa cural había varios casas de hospedaje para quienes estaba de visita para confesarse con el Padre Vianney.

Estando en el confesionario, el Cura de Ars a veces sufría mareos y se le entumecían las piernas. Sentía que se congelaba en invierno y que se deshidrataba en verano, pero nada detenía su celo por la salvación de las almas. El mismo decía: “El confesionario es el ataúd donde me han sepultado estando todavía vivo”.

Pero es precisamente en el confesionario donde conseguía las mayores conversiones, alguna de ellas impresionantes, así como grandes triunfos a favor de las almas.

SU COMBATE ESPIRITUAL

Pero tantos éxitos espirituales por parte del Cura de Ars no eran del beneplácito del enemigo. Pocos santos han tenido que entablar luchas tan terribles y continuas con el demonio como el Padre Vianney.

El diablo no podía ocultar su rabia al ver el gran número de almas que le quitaba Juan María, incluso en su sencillez; por eso le atacaba sin compasión continuamente. Le derribaba de la cama, le despertaba con ruidos espantosos, y hasta trató de prenderle fuego a la habitación. Una vez el diablo le gritó: “Faldinegro odiado, agradécele a esa que llaman Virgen María, que si no ya te habría llevado conmigo al abismo”.

Una vez el Padre Vianney fue de misión a un pueblo, y varios sacerdotes jóvenes le dijeron que eso de las apariciones satánicas eran inventos suyos. El Cura de Ars les invitó a que fueran a dormir en donde él iba a pasar la noche, y cuando empezaron los tremendos ruidos y los espantos diabólicos, salieron todos los sacerdotes en pijama huyendo hacia el patio, y no se atrevieron al volver a entrar al dormitorio, ni tampoco a burlarse más del Padre Vianney.

Pero el Cura de Ars tomaba calmada y hasta humorísticamente estos casos, y decía siempre: “Con el patas hemos tenido ya tantos encuentros, que ahora parecemos dos compinches”. Pero no dejaba de quitarle almas al enemigo.

LOS MILAGROS

Indudablemente una persona con la espiritualidad del Padre Vianney debía reflejar mediante actos milagrosos la acción de Dios a favor de las almas que se acercaban sinceramente a Él.

El Cura de Ars poseía el don de curar enfermos, principalmente a los niños. Poseía un conocimiento sobrenatural acerca del pasado y del futuro. Conocía los pecados que quienes se confesaban con él no le querían decir. Obtenía cuanto dinero necesitaba, así como alimentos, para los asilados en el Orfanato “La Providencia”, mientras el mismo estuvo en servicio.

Pero el mayor milagro de todos fue su propia vida. Practicó la mortificación desde su primera juventud, y durante 40 años su alimentación y su descanso fueron siempre insuficientes, humanamente hablando, si lo comparamos con el desgaste físico que indudablemente le producía una forma de vida llena de entrega y de sacrificio a favor de los demás.

Y aún así siempre trabajó incesantemente y con incomparable humildad, amabilidad, paciencia y buen humor, hasta su fallecimiento a los 73 años de vida.

CONCLUSION

El Cura de Ars, Juan María Vianney, se consideraba a sí mismo un miserable pecador y jamás hablaba de sus obras ni de los éxitos que había obtenido. Cuando él llegó a Ars la gente trabajaba incluso en domingo y se cosechaba poco. Poco a poco él fue logrando que nadie trabajara en los campos los domingos, y las cosechas fueron más abundantes y mejores. Cuando se inició como Párroco de Ars solamente un hombre iba a Misa; al final de su ministerio eclesial únicamente había un hombre que no iba a Misa.

En una ocasión un hombre le insultó en la calle, y el Cura de Ars le escribió una carta llena de humildad, pidiéndole perdón por todo, como si él mismo hubiera sido quien ofendió al que le insultó.

En otra ocasión el Obispo de la Diócesis le envió un elegante distintivo de canónigo, pero Juan María nunca quiso usarlo. Incluso el gobierno francés le concedió una condecoración, pero él no se la quiso colocar. Decía Juan María con humor: “Esto es el colmo: el gobierno condecorando a un cobarde que desertó del ejército”. Pero Dios premió su gran humildad el 4 de agosto de 1859, a sus 73 años de edad, llamándole ante su presencia.

A Juan María Vianney el Obispo no le permitía salir de la Parroquia de Ars para no dejar de atender a las almas que acudían a verle, y él obedeció. Ahora Dios quiere que todo el mundo sepa de él para que imitemos sus virtudes y nos sintamos inspirados por su ejemplo de vida, servicio y entrega a los demás.

Los restos mortales de Juan María Vianney, Cura de Ars, se conservan incorruptos en el Santuario de Ars, el pequeño lugar al que él dedicó la mayor parte de su vida como sacerdote, y donde falleció.

 

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¿Podemos refrenar nuestros sentidos?

 “Mas ahora –oráculo de Yahvé- volved a mí de todo corazón con ayuno, con llantos y con duelo. Desgarrad vuestro corazón y no vuestros vestidos, volved a Yahvé, vuestro Dios, porque El es clemente y compasivo, lento a la cólera, rico en amor, y se retracta de las amenazas. ¡Quién sabe si volverá y se compadecerá, y dejará a su paso bendición, ofrenda y libación para Yahvé, vuestro Dios!”  (Joel 2:12-14)

Presentación

Hoy en día muchos creyentes evitan en lo posible cualquier tipo de penitencia y de mortificación debido al sacrificio que ello representa en sus vidas. Otras muchas personas lo hacen ritualmente en las fechas prescritas, pero sólo para seguir una tradición pre-establecida. Muy poca es la comprensión de lo que una real y sincera penitencia significa y los beneficios que ello conlleva para su salud espiritual.

Actualmente la sociedad consumista en la que nos encontramos nos invita y estimula a concedernos todos nuestros gustos y caprichos, buscando sólo aquello que satisfaga nuestros instintos y nuestro placer. Es decir, en convertirnos poco a poco en animales ya que no somos capaces de dominar nuestro instinto y voluntad, sino que son ellos los que nos gobiernan a nosotros.

¿De qué nos sirve, por ejemplo, comer pescado en Cuaresma a modo de ayuno y mortificación, si nuestro alimento preferido es, precisamente, el pescado? Definitivamente esto no representa ningún sacrificio sino el cumplimiento de un ritual, desconociendo por completo su significado real. Y con ello, ¿qué gracia encontrará esta persona antes Dios? Lo que El quiere es una mortificación personal sincera y absoluta, de lo contrario nos costará cada día más ese acercamiento hacia Dios.

Entonces, ¿qué podemos ofrecer a Dios? No podemos darle nada que El no nos haya dado antes. Dios es consciente de ello y por eso lo que le agrada son aquellas cosas que nacen del amor; aquello que producimos con nuestro esfuerzo y con su gracia. Cada persona tiene algo que aprecia más que otras cosas; renunciar a eso, por un tiempo o para siempre, es un sacrificio grato a Dios. El “quiere el sacrificio de un espíritu contrito, un corazón contrito y humillado” (Salmo 51:19). Y aclara que “me honra quien sacrifica dándome gracias; al que es recto le haré ver la salvación de Dios” (Salmo 50:23).

Agustín de Hipona nos dice que hay un género de penitencia y mortificación muy elevado: “Regir y gobernar los movimientos de nuestros apetitos, andar cada día peleando contra sus vicios y malas inclinaciones, andar negando siempre su propia voluntad, quebrantando su propio juicio, venciendo su ira, reprimiendo su impaciencia, refrenando su gula, ojos, lengua y todos sus sentidos y movimientos. El que hace esto, rompiendo el muro de su carne y de sus pasiones y apetitos, sube y entra directamente y por su propio esfuerzo al reino de los cielos, puesto que domar el alma es mucho más que afligir la carne con cilicios” (Sermón 20, de Sanctis).

Agustín de Hipona decía también que “la penitencia purifica el alma, eleva el pensamiento, somete la carne propia al espíritu, hace al corazón contrito y humillado, disipa las nebulosidades de la concupiscencia, apaga el fuego de las pasiones y enciende la verdadera luz de la castidad” (Sermón 73).

De acuerdo a las anteriores definiciones de San Agustín, las tres principales formas de penitencia pueden resumirse en el ayuno, el sacrificio y la mortificación. Cada una de estas formas puede ser efectuada individualmente o en conjunto, dos de ellas o su totalidad.

Dado que en ocasiones podemos llegar a confundir algunos de los aspectos de los mencionados tipos de penitencia, a continuación explicaremos con detalle los pormenores de cada uno de ellos.

El ayuno

Generalmente se denomina ayuno al de abstenerse voluntariamente de todo tipo de comida y, en algunos casos, de ingestión de líquidos durante un determinado período de tiempo. Puede realizarse por diversos motivos, pero los principales son siempre los religiosos.

Ayunar, sin embargo, es mucho más que abstenerse de comer, ya que puede ser un ayuno de actitudes o de actos, pero siempre debe estar unido al amor y a la oración, tal como indicó el arcángel Rafael a Tobías: “es bueno juntar la oración con el ayuno” (Tobías 12:8).

El ayuno por razones espirituales y religiosas ha sido parte de las tradiciones humanas desde la prehistoria. Se menciona tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento de la Biblia, así como en el Mahabhárata (Hinduismo –India- 600 a.C.), en el Upanishad (Hinduismo –India- siglos VII al XX), en el Corán islámico (632 d.C.) y en diferentes libros de distintas religiones.

Con el fin de comprender más eficazmente el tema del ayuno, vamos a analizar este concepto en las tres principales religiones que se practican en la actualidad.

Ayuno Judío: Para los judíos, el Yom Kipur o Día de la Expiación, es el día del arrepentimiento y está considerado como el día más santo y más solemne del año litúrgico judío. Su tema central es la expiación y la reconciliación. La comida, la bebida, el baño y las relaciones conyugales están prohibidos. El ayuno comienza en el ocaso del día anterior y finaliza al anochecer del día siguiente.

Este ritual lo celebran por lo indicado en Levítico, donde dice Moisés: “Este será para vosotros un decreto perpetuo: el mes séptimo, el día décimo del mes, ayunaréis y no haréis trabajo alguno, ni el nativo ni el forastero que reside en medio de vosotros. Porque ese día se hará expiación por vosotros para purificaros. De todos vuestros pecados quedaréis limpios delante de Yavé” (Levítico 16:29-30).

Después de la destrucción del Templo y del exilio en Babilonia se instituyeron otros cuatro días de ayuno: En el cuarto mes, el día noveno de Tammuz, cuando las murallas de Jerusalén fueron tomadas por los babilonios.

En el quinto mes, cuando el Templo fue incendiado desde el séptimo al décimo día del mes.

En el séptimo mes, en memoria del asesinato de Guedaliá, gobernador de Israel, en el año nuevo: “pero Ismael, hijo de Natanías, y los diez que estaban con él, se levantaron y acuchillaron a Guedaliá, hijo de Ajicán, hijo de Safán. Dieron muerte a aquel a quien el rey de Babilonia había encargado del país” (Jeremías 41:2).

En el décimo mes, el noveno día, cuando Jerusalén fue sitiado por los babilonios: “así dice Yahvé Sabaot: el ayuno de los meses cuarto, quinto, séptimo y décimo será para la casa de Judá ocasión de regocijo, alegría y faustas solemnidades” (Zacarías 8:19).

Los Salmos invitan frecuentemente al ayuno personal en ocasiones de dificultad, así como lo hacen otros autores del Antiguo Testamento. Como ejemplos podemos citar los siguientes:

Salmo 35:13 “Yo, en cambio, cuando estaban enfermos, vestido de sayal y afligido con ayunos, repetía mi oración en mi interior”.

Salmo 69:11-12 “Si me mortifico con ayunos, lo aprovechan para insultarme; si me pongo un sayal por vestido, me convierto en objeto de burla”.

Salmo 109:24 “Con tanto ayuno se doblan mis rodillas; falta de grasa enflaquece mi carne”.

Daniel 9:3 “Me dirigí hacia el Señor Dios, implorándole con oraciones y súplicas, con ayuno, saco y ceniza”.

Daniel 10:2-3 “En aquellos días yo, Daniel, estaba haciendo una penitencia de tres semanas: no comía alimentos sabrosos, no probaba carne ni vino, ni me ungía con perfumes, hasta que pasaron las tres semanas”.

Esdrás 10:6 “Luego Esdrás se retiró de delante del Templo de Dios y se fue al aposento de Juan, hijo de Eliasib, donde pasó la noche sin comer pan ni beber agua, haciendo duelo a causa de la rebeldía de los deportados”.

Nehemías 1:4 “Al oír estas palabras me senté y rompí a llorar. Permanecí en duelo algunos días, ayunando y orando ante el Dios del cielo”.

Como podemos ver, la práctica del ayuno era frecuente en el judaísmo del primer siglo y también aparece en el Nuevo Testamento, especialmente con los discípulos de Juan Bautista: “Como los discípulos de Juan y los fariseos estaban ayunando, vienen y le dicen: ¿por qué mientras los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan, tus discípulos no ayunan?” (Marcos 2:18).

El propio Jesús ayunaba, tal como hizo en el desierto, como nos dice Mateo: “Y después de hacer un ayuno de cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre” (Mateo 4:2). Y la advertencia de Jesús de no manipular esta práctica para atraer la atención no debe interpretarse como un rechazo.

Como los profetas, Jesús enfatizó la contrición y el arrepentimiento como la esencia del ayuno: “Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno sea visto, no por los hombres, sino por tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mateo 6:16).

Ayuno islámico: En el Islam el ayuno o awn del mes de Ramadán, es el cuarto pilar del Islam. La palabra Ramadán designa más el propio ayuno, que el mes en que se celebra.

El ayuno se recomienda durante otros momentos del año, pero durante el Ramadán es estrictamente obligatorio. Se efectúa durante todos los días del mes, desde la salida hasta la puesta del sol.

Cada musulmán debe hacer un acto de intención la noche que precede al inicio del ayuno, con el fin de darle total validez al mismo. La intención debe ser concreta: no basta con decidir ayunar, sino en cumplir estrictamente con todo el ritual.

Ayuno cristiano: La característica del ayuno varía entre las distintas denominaciones cristianas. El catolicismo distingue entre ayuno (que involucra tres comidas diarias, en las que sólo una puede incluir carne roja) y abstinencia (ninguna carne roja). El período de ayuno más conocido es el de la Cuaresma, el cual consta de cuarenta días de duración en conmemoración del ayuno realizado por Jesucristo durante su estancia en el desierto.

Cerca de la mitad de los protestantes carecen de la tradición del ayuno. En algunas iglesias evangélicas y en las paradenominacionales el ayuno se practica frecuentemente y, en ocasiones, con abstinencia total de alimentos durante un lapso de tiempo, ingiriendo solamente agua.

En la iglesia primitiva el ayuno era un período de recogimiento y normalmente constaba de dos días de ayuno cada semana. Los judíos observaban el ayuno los lunes y los jueves, mientras que los cristianos lo hacían los miércoles y viernes.

Existen diversos tipos de ayuno para los cristianos: Ayuno absoluto Abstención total de alimentos y de líquidos, incluyendo agua.

Ayuno normal Abstinencia de alimentos, sin eliminar el agua.

Ayuno parcial Consiste en una dieta limitada, dejando de consumir algunos alimentos.

Sin embargo la forma de ayuno más efectiva ante Dios es la de renunciar temporalmente a aquellas cosas que más te gustan o satisfacen, ofreciéndoselo a Dios. La intención del ayuno no es la de castigar el cuerpo, sino la de concentrarse en Dios para obtener una relación más profunda con El.

Por medio del ayuno podemos buscar la presencia de Dios alimentando el espíritu, y así poder tener un mayor control sobre la naturaleza carnal.

El ayuno se hace con el fin de lograr poseer un espíritu de humildad y una actitud gozosa; no para parecer más espirituales que otros. Para ello debemos recordar las instrucciones de Jesús en cuanto el ayuno, contenidas en Mateo 6:16-18, cuando nos dice que debemos ayunar de manera que los demás no lo noten.

El sacrificio

Hoy en día las personas más admiradas en la sociedad son aquellos que han sabido sacrificarse buscando méritos o puestos, ya que para ellos el sacrificio es un valor humano.

En cambio para un cristiano el sacrificio es un acceso a una dimensión más profunda. De la esfera del mérito humano, el sacrificio cristiano pasa a la esfera divina. Por medio del sacrificio los cristianos reconocen que Jesús lo eligió para sí mismo como un camino de amor y de salvación para el hombre.

De esta forma, aceptando con gozo los sacrificios de la vida, el cristiano sigue el camino de Jesús. Es impensable ser cristiano sin desear seguir el camino de Cristo, por lo cual el sacrificio sigue siendo necesario para el buen cristiano. El sacrificio cristiano es una imitación del de Jesús basado en el amor, ya que el que ama quiere y necesita ser como el amado. El amor es la condición para seguir a Cristo; el sacrificio que verifica la autenticidad del amor.

Recordemos las palabras de Jesús cuando nos dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Marcos 8:34). Pero debemos soportar nuestro sacrificio con amor y con fe en El sabiendo que al final nuestra tristeza “se convertirá en gozo” (Juan 5:20).

Pablo de Tarso dijo: “estoy crucificado con Cristo” (Gálatas 2:20). Esta afirmación no parte sólo de una experiencia personal de Pablo, sino que expresa la verdad sobre el hombre, redimido por el precio del sacrificio que Cristo pagó en la cruz, y que está llamado a completar en carne propia ese sacrificio de Jesús para la redención del mundo.

“Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo lo que falta a las tribulaciones de Cristo en mi carne, a favor de su cuerpo, que es la Iglesia”.   (Colosenses 1:24)

La mortificación

La mortificación consiste en matar o amortiguar en nosotros mismos todo aquello que se oponga a la gracia. Y debemos hacerlo combatiendo al mal, e incluso dificultando y aún estorbando aquello que consideramos la perfección en nosotros mismos y que no es más que vanidad y tentación.

Mortificarse es luchar contra pecados y faltas para destruirlas; contra inclinaciones y tendencias desordenadas, para regirlas, atemperarlas y enderezarlas; contra nuestros sentidos interiores y exteriores, para eliminar o menguar en lo posible lo que por su influencia fomenta las pasiones o dificulta el fervor.

Habrá quien piense que la mortificación no es necesaria. Pero baste con decir a modo de ejemplo que al rico le preocupan sus riquezas, y a veces no duerme a causa de ellas. El soberbio a veces se encuentra arrinconado y humillado. El que tiene gula es reprimido de su hambre cuando cae enfermo. Y a la vista de estos ejemplos, ¿no es preferible sufrir para el bien que para el mal? ¿no es mejor tener un sufrimiento productivo antes que un sufrimiento estéril?

Buenaventura de Fidanza (San Buenaventura, 1218-1274) comentaba que “con ser la mortificación interior mucho más difícil que las penitencias externas, una persona puede excusarse más de las penitencias exteriores que de la mortificación interior. Porque para ello no puede uno decir con verdad que no tiene fuerzas para ayunar, ni para andar descalzo o levantarse a media noche; pero no puede decir que no tiene salud ni fuerzas para ser humilde o para ser paciente, o para ser obediente y rendido” (De Frofectu Religiosorum, 1.1, c.3).

En cuanto al orden de las mortificaciones, la mayoría de autores cristianos aconsejan que primero se deba mortificar aquel vicio o pasión que reina más en nosotros y que nos hace caer en mayores faltas. Pero ello sin dejar a las otras descuidadas, sino prestar más atención a las más graves sobre las demás. Y la manera de descubrir nuestras propias faltas y la envergadura de las mismas es por medio de un riguroso y sincero examen de conciencia.

El propio Bernardo de Claraval (San Bernardo, 1090-1153) decía al respecto que “nos habemos de haber con nosotros mismos y con nuestro cuerpo, como con un enfermo que nos hubiesen encomendado, al cual, aunque pida y desee mucho lo que le hace daño, se le ha de negar. Y lo que le hace bien, aunque él no lo quiera, se lo han de dar y hacer que lo tome” (Epístola Ad Frates de Monte Dei). Meditar sobre la pasión de Cristo nos dará los motivos para mortificarnos, y también consuelo en ellos.

Conclusión

A modo de conclusión podemos decir que aquellas cosas que mayor sacrificio representan para nosotros son: el dolor el cansancio el hambre la incomodidad las incomprensiones las frustraciones el sufrir pacientemente y con ánimo a la gente que está a nuestro alrededor el renunciar a algo que apreciamos el mantener nuestra confianza en Él cuando todo parece perdido el serle fieles a Dios aunque algo o alguien nos presione para que dejemos de serlo el ponerlo a Él en primer lugar en nuestra vida en lugar de pretender ser nosotros los amos el ayudar a los demás desinteresadamente el ofrecer una sonrisa a todo el mundo el amar a nuestros enemigos y orar por ellos.

Podemos incluso ofrecerle todo esto a Dios, incluso las tentaciones, y entregárselas y rendirnos al poder de Dios, no luchando ya con nuestras fuerzas, sino acogiéndonos a la misericordia de Dios.

“Tales cosas tienen una apariencia de sabiduría por su piedad afectada, sus mortificaciones y su rigor con el cuerpo; pero sin valor alguno contra la insolencia de la carne”.  (Colosenses 2:23)

Bibliografía

El libro de la confesión   -   José Manglano Castellary

Señor, ten piedad: la fuerza sanante de la confesión   =   Scott Hahn

La penitencia   -   Pierre Adnés

La mortificación del pecado  -    John Owen

Del sufrimiento a la felicidad   -   Juan del Carmelo

El ayuno escogido por Dios   -   Arthur Wallis

La práctica del ayuno   -   Jonas Abib

El enigma medieval   -   Jorge Blaschke

Enciclopedia Católica   -   ACI Digital

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El hombre más grande que nunca llegué a conocer

http://www.youtube.com/watch

Acabo de descubrir esta pedazo de canción. Hay que ser valiente para cantar algo así y meter el dedo en una llaga en la que pocas veces se mete el dedo. Va sobre la relación de un padre con su hija. Lo que dice Reba McEntire, ¿no se repetirá con demasiada frecuencia?

Esto es lo que dice la canción:
El hombre más grande que nunca llegué a conocer vivía al final del pasillo,
y cada día nos decíamos “hola”, pero nunca nos tocamos en absoluto.
Él estaba en su papel. Yo estaba en mi habitación.
El hombre más grande que nunca llegué a conocer llegaba a casa tarde cada noche.
Nunca tenía mucho que decir. Había demasiado en su mente.
Yo nunca le conocí, oh, y ahora parece tan triste.
Después, los días se convirtieron en años, y los recuerdos pasaron a blanco y negro.
Se convirtió en un gélido viento de invierno que soplaba a través de mi vida.
Las más grandes palabras que nunca escuché y que supongo que nunca escucharé.
El hombre que pensé que nunca moriría lleva muerto casi un año.
Oh, él era bueno para sus asuntos, pero no dejó muchos asuntos por resolver.
Nunca dijo que me amaba. Supongo que pensó que lo sabía.
The greatest man I never knew lived just down the hall,
and ev´ry day we said hello but never touched at all.
He was in his paper. I was in my room.
How was I to know he thought I hung the moon?
 
The greatest man I never knew came home late ev´ry night,
He never had to much to say. Too much was on his mind.
I never really knew him, oh and now it seems so sad.
Ev´rything he gave to us took all he had.
 
Then the days turned into years, and the mem´ries to black and white.
He grew cold like an old winter wind blowing across my life.
 
The greatest words I never heard I guess I´ll never hear.
The man I thought could never die has been dead almost a year.
Oh, he was good at bus´ness but there was bus´ness left to do.
He never said he loved me. Guess he thought I knew.

Álex NAVAJAS

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El hombre más grande que nunca llegué a conocer

http://www.youtube.com/watch

Acabo de descubrir esta pedazo de canción. Hay que ser valiente para cantar algo así y meter el dedo en una llaga en la que pocas veces se mete el dedo. Va sobre la relación de un padre con su hija. Lo que dice Reba McEntire, ¿no se repetirá con demasiada frecuencia?

Esto es lo que dice la canción:
 

El hombre más grande que nunca llegué a conocer vivía al final del pasillo, y cada día nos decíamos "hola" , pero nunca nos tocamos en absoluto. Él estaba en su papel. Yo estaba en mi habitación .    El hombre más grande que nunca llegué a conocer llegaba a casa tarde cada noche, Nunca tuvo mucho que decir. Había demasiado en su mente. Yo nunca le conocí, oh, y ahora parece tan triste. Todo lo que nos dio se llevó todo lo que tenía.    Después, los días se convirtieron en años y los recuerdos en blanco y negro. Se convirtió en un gélido y viejo viento de invierno que soplaba a través de mi vida.    Las más grandes palabras que nunca escuché y que supongo que nunca escucharé. El hombre que pensé que nunca moriría lleva muerto casi un año. Oh, él era bueno en sus asuntos, pero dejó muchos asuntos por hacer. Nunca me dijo que me amaba. Supongo que pensó que lo sabía.    The greatest man I never knew lived just down the hall, and ev´ry day we said hello but never touched at all.
He was in his paper. I was in my room.
How was I to know he thought I hung the moon?

The greatest man I never knew came home late ev´ry night,
He never had to much to say. Too much was on his mind.
I never really knew him, oh and now it seems so sad.
Ev´rything he gave to us took all he had.
Then the days turned into years, and the mem´ries to black and white.
He grew cold like an old winter wind blowing across my life.


The greatest words I never heard I guess I´ll never hear.
The man I thought could never die has been dead almost a year.
Oh, he was good at bus´ness but there was bus´ness left to do.
He never said he loved me. Guess he thought I knew.

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sábado, 1 de agosto de 2015

Hoy el reto del amor es que brindes una palabra de aliento, de confianza, de cercanía

Año del Señor 2015
Lerma,2 de agosto 
Hola, buenos días, hoy sor Carmen nos lleva al Señor. Que pases un feliz día. 

MIRAR A CRISTO

Queridos amigos del Reto: Hace mucho que no comparto con vosotros los sentimientos de mi corazón y las vivencias de cada día (pues el Señor nos conduce hacia Él por medio de los acontecimientos que se hacen vida en lo cotidiano).

Hace poco me llamó un Padre misionero. Unos días antes se había acercado a nuestro monasterio para saludarme y, a la vez, me hizo algunas preguntas para confrontar su intimidad con Jesucristo. Yo, en mi pobreza, casi no me lo podía creer, porque es un hombre al que yo considero un contemplativo, muy humilde y sencillo, y que ha estado muchos años en África viviendo para los demás.
 
Pues bien, él me dijo:
-Sor Carmen, yo quiero preguntarte porque, a veces, en mi interior, pienso si estaré haciendo bien las cosas, si no tendré la suficiente fe a la hora de actuar, si mi amor a Jesucristo será autentico... -Y otras cosas por el mismo estilo. 

Me lo comentaba con una bondad impresionante en el rostro, ¡cómo me impactó!, y siguió diciendo que él, cuando era novicio, le gustaba ir a la capilla con la Biblia, y allí pasaba horas delante del Sagrario con la Palabra de Dios, y que salía con un gozo inmenso y mucha fuerza en su corazón…

Yo, ¿qué le podía añadir?, me quedé mirándole y le dije: 
-Pues mira, sigue así, porque yo también me hago esas mismas preguntas, y sólo mirando al Sagrario encuentras las respuestas a todos los interrogantes. El Señor nos habla cuando estamos en actitud de escucha, de pobreza, de humildad. Todos necesitamos enamorarnos de Jesucristo, dejarnos hacer por Él, confiar y abandonarnos en sus brazos. Aunque no “sintamos” nada, aunque no “hagamos” nada, solamente “estar”, saber que Él nos espera y nos ama, dejar todo en sus manos, sobre todo nuestras personas, y entregarnos a su voluntad. Todos somos pobres, con las mismas dudas, las mismas inquietudes, los mismos miedos a enfrentarnos con la realidad.
 
Hoy el reto del amor es que brindes una palabra de aliento, de confianza, de cercanía, a las personas que conoces, a tus familiares, a tus amigos, a tu compañero de trabajo, de estudio. Dales la clave de la respuesta a todos sus interrogantes: que sólo mirando al Sagrario, mirando a Jesucristo, se encuentra la paz y la fuerza para seguir caminando en el día a día.

¡Feliz día! ¡Que Dios os bendiga!
 
VIVE DE CRISTO
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©Producciones es El- Vive de Cristo (Dominicas Lerma)

Prohibido cualquier reproducción para uso comercial. Solo se permite un uso para actividades de evangelización siempre que se publiquen sin ningún tipo de modificación.
 

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¿Qué pasa cuando se niega que exista la verdad?

Hace unos días me invitaron, como representante del Liceo (instituto) en el que doy clases, a un encuentro de orientación para las familias y los estudiantes de la “terza media” (11 a 14 años) que se tienen que inscribir en las escuelas superiores.

El experto de orientación que guió el encuentro habló de las diferencias entre Liceo, Instituto Técnico e Instituto Profesional, dedicando la mayor parte de su tiempo al número de horas lectivas y a las materias impartidas. Los Directores de las Escuelas y los encargados de orientación de cada escuela no fueron invitados a hablar, como si no fuera interesante para los muchachos y los padres descubrir la experiencia concreta y real de cada escuela individualmente. No hace falta decir que en muchos rostros se leía la insatisfacción. ¿Quién había proyectado el encuentro? La persona que hablaba, ¿de verdad partía de la exigencia de quien tenía delante? ¿De verdad hablaba al auditorio como si fuera su hijo el que tuviera que elegir la escuela superior?

Antes de que el encuentro finalizara, intervine recordando a los chicos la importancia y belleza de su elección, que la escuela no era una cárcel en la que se permanecía un cierto número de horas, sino que debía ser un lugar y un punto de referencia, en el cual el “yo” del muchacho se siente florecer, crecer, germinar en el deseo de poder descubrir los propios talentos y ponerlos al servicio de todos. Expliqué brevemente la experiencia que vivía en nuestra escuela. Y entonces el moderador sí dio la palabra a los otros representantes de las escuelas para que hablasen, de manera breve, de la propia realidad escolar.

Éste es un ejemplo evidente de cómo, a menudo, también en iniciativas cómo éstas no se parte del hombre, de sus exigencias y de sus necesidades. Es como si el hombre fuera incapaz de partir de sí mismo, de su experiencia, de las evidencias fundamentales; es como si estuviera alienado, es decir, fuera de sí mismo, como demuestra este otro ejemplo.

Hace algún tiempo, en una lección en una universidad italiana, un profesor de filosofía sostuvo frente a los estudiantes que una actitud seria debería inducirles a dudar de que él estuviera hablando y de que esa fuera una cátedra. Entonces, una estudiante alzó la mano para rebatir dichas disquisiciones, sosteniendo que la consecuencia más razonable de dicho planteamiento del problema sería salir del aula, visto que nadie estaba seguro de que en ese momento se estuviera impartiendo una lección de filosofía. Un enfoque como éste negaba la evidencia misma de la realidad, pero negaba también la exigencia primera que tiene el hombre, es decir, saber la verdad. Cuando yo cuento una historia a mis hijas, éstas me preguntan si es verdad o no.

Estamos en una época en la que cada afirmación sobre la existencia de la verdad es tachada de “fundamentalismo religioso” o de “conservadurismo cultural”, de “actitud anacrónica” que no está al paso con los tiempos. Pues bien, en esta época en la que las personas buscan las respuestas a sus preguntas consultando a expertos que puedan infundir serenidad a sus inquietudes, todos se declaran expertos, todos piensan que pueden juzgar todo y decir la propia verdad sobre todo. Lo que importa es que nadie ose hablar de la verdad. Cada uno puede expresar su opinión. Todas las opiniones son igualmente importantes según la expresión que, a menudo, se repite en los discursos: “Yo soy de mi opinión, no de la tuya”.

Pues bien, de este modo, el diálogo no puede realizarse. Paradójicamente, la suposición de que la verdad no existe, o de que existen muchas verdades (lo cual equivale a decir que la verdad no existe), aniquila en el mismo momento de su nacimiento toda posibilidad de  comunicación real, de diálogo intercultural, todo propósito de educación, todo crecimiento cultural real y posible.

No puede haber comunicación porque no se puede pensar en la posibilidad de coparticipación en una verdad que va con uno de los dos interlocutores o que deriva de otros. Cuando la verdad es negada de raíz, cada uno sigue caminando en su proprio túnel de cristal transparente en el que podrá ver a los otros, pero sin entrar realmente en contacto con ellos. Falta incluso el supuesto inicial de intentar encontrar juntos un recorrido. La negación a priori de la verdad niega toda posibilidad de camino, de diálogo, de búsqueda; mina desde la raíz todo posible desarrollo humano, crea las bases de un escepticismo que, con el tiempo, se convertirá en motivo de desconsuelo, en aridez, en poca voluntad para construir y realizar el bien para uno mismo y para los otros.

No puede haber un verdadero diálogo intercultural entre pueblos distintos porque en el diálogo es necesario tener verdadera conciencia de la propia posición y de la propia identidad. Para poder decir “tú” es necesario primero saber decir “yo”. Debo saber quién soy yo para poder preguntar al otro quién es él.

No puede existir una verdadera educación, porque se educa introduciendo a alguien en la realidad según una hipótesis explicativa de la misma, hipótesis que debe ser, por tanto, considerada como buena, real, atendible. No se puede adentrar uno en una habitación completamente oscura sin ningún aparato luminoso; es necesaria la utilización de una luz que, de alguna manera, ilumine algún detalle de la habitación.

No puede haber cultura porque todo el saber, el crecimiento y la evolución en el campo de la cultura y de la tecnología parten de la hipótesis de tributar confianza y fe a la tradición que te ha sido entregada hasta ese momento: si el hombre tuviera que rehacer todos los pasos del desarrollo científico de la rueda o del fuego para verificarlos cada vez, el desarrollo humano no avanzaría.

Todos los que niegan a priori e ideológicamente la existencia de la verdad están obligados, subrepticiamente, a reintroducirla y considerarla válida en sus discursos. De hecho, no puede realizarse un discurso humano sin el supuesto de la existencia de una verdad; no puede darse la cultura, no existe el desarrollo, estaríamos todos aún en la edad de piedra.

Es verdad que la modernidad está precisamente bien representada en esta duda aplicada a todo, en esta duda metódica que Descartes ha introducido como único punto posible de partida en la cognoscibilidad de lo real. En Descartes la duda sustituye a la maravilla, que en la filosofía antigua ha representado siempre el punto de partida de toda reflexión. Toda la filosofía moderna se presenta como articulación y ramificación de la duda. Nos lo atestigua Nietzsche. La duda cartesiana atañe a los sentidos, a la razón y a la fe. La única certeza reside en la conciencia y la forma cognoscitiva más alta es, entonces, la matemática, es decir, lo que se consigue mediante un instrumento que está producido por la propia mente.

La verdad, así, ya no es algo objetivo que se revela, sino un producto subjetivo de la mente humana. Por tanto, la contemplación (posición humana que representa el vértice supremo frente a la realidad) es sustituida por la acción. Por consiguiente, la modernidad se ha interesado siempre más en el cómo, es decir, en el proceso de realización de un objeto o de acontecimiento de un fenómeno, desinteresándose de preguntas sobre el porqué y el Ser. De este modo, el hombre moderno, el homo faber, está expuesto al riesgo de percibirse como nuevo Dios que  sustituye al Creador.

Por tanto, la historia ya no será una narración de los hechos humanos y de los sufrimientos, sino que estará considerada como producción de las manos del hombre. De aquí se deduce la idea de la historia humana como progreso inagotable, del cual Dios ha sido exiliado definitivamente.

Preguntándose qué influye mayormente en la afirmación del relativismo en la contemporaneidad, el historiador de arte austriaco Hans Sedlmayr (1896-1984) responde que se trata de la pérdida del centro, es decir, la pérdida de la centralidad del yo.

Sólo en una auténtica relación de reconocimiento de la dependencia del Misterio, del significado del Todo, de Dios, puede persistir la conciencia de sí mismo del hombre, un verdadero humanismo y una auténtica fecundidad.

Así se ha expresado a este respecto el gran filósofo ruso contemporáneo Nicolás A. Berdiaev (1874-1948): «La persona humana busca para sí algo sagrado, anhela someterse libremente para encontrarse a sí misma. Se repite así la verdad paradójica de que el hombre adquiere y se afirma a sí mismo si se somete a un principio sobrehumano, encontrando en lo sagrado sobrehumano el contenido de la propia vida; al contrario, el hombre se pierde a sí mismo si se libera del contenido sobrehumano supremo y no encuentra en sí nada más que su pequeño mundo cerrado. La afirmación de la individualidad humana presupone el universalismo; lo demuestran todos los resultados de la cultura y de la historia moderna en la ciencia, en la filosofía, en el arte, en la moral, en el estado, en la vida económica, en la técnica; lo demuestran y lo prueban con la experiencia. Está probado y demostrado que el ateísmo humanístico lleva a la autonegación del humanismo, a la degeneración del humanismo en antihumanismo, al paso de la libertad a la constricción. Así acaba la historia moderna y empieza una historia distinta que yo, por analogía, he llamado nuevo medioevo. En ella el hombre debe unirse para reunirse, debe someterse al supremo para no perderse definitivamente».

Cuando el hombre ya no tiene conciencia del propio yo, podríamos también decir de la naturaleza del proprio corazón, hecho para el amor, para el bien, para la belleza, entonces surgen lo feo, la negatividad, la pérdida de sentido de las cosas. La muerte, la obscenidad, la fealdad, el uso anómalo de la sexualidad sustituyen al deseo de vivir, a la sacralidad, a la belleza y a la ternura amorosa: he aquí en parte aclarados algunos escenarios artísticos, pseudoartísticos y cinematográficos de la contemporaneidad.

La contemporaneidad ha perdido el sentido de la muerte (completamente exorcizada y masificada y, por tanto, ajena a nosotros). La muerte pública, colectiva, es presentada, de hecho, de forma impersonal y cinematográfica, no nos afecta, porque pensamos que no nos concierne. La muerte privada es, en cambio, reivindicada como derecho personal de elección, que hay que defender de todo propósito de tutela de la vida débil y frágil. Está triunfando la cultura de la muerte sobre la cultura de la vida.

Precisamente por este motivo, dice Berdiaev, la contemporaneidad se caracteriza por el gran desperdicio de energías espirituales que induce a un empobrecimiento del hombre, de su capacidad productiva y de su fecundidad artística.

Artículo publicado en Tempi.
Traducción de Helena Faccia Serrano.

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