miércoles, 22 de octubre de 2014

Francisco, en la primera audiencia tras el Sínodo, anima a superar las divisiones y celos con amor

Este miércoles 22 de octubre, en su habitual catequesis de la audiencia de los miércoles (la primera después del Sínodo de obispos sobre la familia), el Papa Francisco habló del auténtico amor, que crea comunión, no presume ni se engríe, no lleva cuentas del mal recibido y goza haciendo el bien, no tiene envidia, sino que considera a los otros más que a uno mismo, sufre con los últimos y necesitados, y valora y reconoce a quienes hacen los servicios más humildes y escondidos.

Con estas palabras inspiradas en el himno a la caridad de San Pablo, el Papa explicó en su catequesis por qué decimos que la Iglesia es el Cuerpo de Cristo.


No se trata simplemente de una forma de hablar – dijo Francisco – sino de una expresión llena de contenido; puesto que la Iglesia es una obra maestra del Espíritu Santo que, infundiendo en cada uno de nosotros la vida nueva del Señor Resucitado, nos congrega en la unidad, hasta el punto de convertirnos en un solo Cuerpo, edificado sobre la comunión del amor.


Mientras es en el Bautismo – agregó el Santo Padre – donde nos unimos realmente a Cristo Cabeza y a los hermanos como miembros del mismo cuerpo.


De ahí que recordara que el Apóstol San Pablo descubre un reflejo de la profundidad de este vínculo en el matrimonio cristiano, al que compara con la unión de Cristo con su Iglesia.


Al saludar a los peregrinos procedentes de España y de diversos países de América Latina, el Obispo de Roma los invitó a invocar al Espíritu Santo para que su gracia y la abundancia de sus dones nos ayuden a vivir de verdad como Cuerpo de Cristo y como signo visible y hermoso de su amor.


El Papa también recordó -en su saludo a los peregrinos polacos- que se trata del primer día que la Iglesia celebra a San Juan Pablo II y pidió recordar su herencia espiritual.


Texto completo de la catequesis del Santo Padre

(traducido del italiano)

La Iglesia cuerpo de Cristo


Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!


Cuando se quiere evidenciar cómo los elementos que componen una realidad están estrechamente unidos los unos a los otros y forman juntos una sola cosa, se usa a menudo la imagen del cuerpo.


A partir de Apóstol Pablo, esta expresión ha sido aplicada a la Iglesia y ha sido reconocida como su característica distintiva más profunda y más bella. Entonces hoy queremos preguntarnos: ¿en qué sentido la Iglesia forma un cuerpo? ¿Y por qué es definida “cuerpo de Cristo”?


En el libro de Ezequiel se describe una visión un poco particular, impresionante, pero capaz de infundir confianza y esperanza en nuestros corazones.


Dios muestra al profeta una fila de huesos, separados uno del otro y resecos. Un escenario desolador… Imagínense, todo un valle lleno de huesos. Dios le pide entonces que invoque sobre ellos al Espíritu. En aquel momento, los huesos se mueven, comienzan a acercarse y a unirse, sobre ellos crecen primero los nervios y luego la carne y se forma así un cuerpo, completo y lleno de vida (cfr. Ez 37, 1-14). ¡Ésta es la Iglesia!


Les encomiendo hoy, en casa, tomen la Biblia, en el capítulo 37 del profeta Ezequiel, ¡no lo olviden! Y lean esto, ¡es bellísimo! ¡Ésta es la Iglesia! Es una obra maestra, la obra maestra del Espíritu, el cual infunde en cada uno la vida nueva del Resucitado y nos pone uno al lado del otro, uno al servicio y en apoyo del otro, haciendo así de todos nosotros un cuerpo solo, edificado en la comunión y en el amor.


Pero la Iglesia no es solamente un cuerpo edificado en el Espíritu: ¡la Iglesia es el cuerpo de Cristo! Un poco extraño…pero es así. No se trata simplemente de un modo de decir: ¡lo somos verdaderamente! ¡Es el gran don que recibimos el día de nuestro Bautismo!


En el sacramento del Bautismo, en efecto, Cristo nos hace suyos, recibiéndonos en el corazón del misterio de la cruz, el misterio supremo de su amor por nosotros, para hacernos luego resucitar con Él como nuevas creaturas. ¡Así nace la Iglesia, y así la Iglesia se reconoce cuerpo de Cristo! El Bautismo constituye un verdadero renacimiento, que nos regenera en Cristo, nos hace parte de Él, y nos une íntimamente entre nosotros, como miembros del mismo cuerpo, del cual Él es la cabeza (cfr. Rm 12,5; 1 Cor 12,12 – 13).


La que surge, entonces, es una profunda comunión de amor. En este sentido, es iluminante como Pablo, exhortando a los esposos a “amar a su mujer como a su propio cuerpo”, afirma: “así hace Cristo por la iglesia, por nosotros que somos los miembros de su cuerpo” (Ef 5,28-30). Qué bueno si recordáramos más a menudo lo que somos, lo que ha hecho de nosotros el Señor Jesús: somos su cuerpo, ese cuerpo que nada ni nadie puede arrancar de Él y que Él recubre con toda su pasión y todo su amor, así como un esposo con su esposa.


Este pensamiento, sin embargo, debe hacer surgir en nosotros el deseo de corresponder al Señor y de compartir su amor entre nosotros, como miembros vivos de su mismo cuerpo. En los tiempos de Pablo, la comunidad de Corinto encontraba muchas dificultades en este sentido, viviendo, como con frecuencia también nosotros, la experiencia de las divisiones, de las envidias, de las incomprensiones y de la marginación.


Todas estas cosas no van bien, porque, en lugar de construir y hacer crecer la Iglesia como cuerpo de Cristo, la fracturan en muchos pedazos, la desmiembran. Y esto también sucede en nuestros días. Pensemos en las comunidades cristianas, en algunas parroquias, pensemos en nuestros barrios, cuántas divisiones, cuántas envidias, cómo se habla mal, cuánta incomprensión y marginación.


¿Y esto qué hace? Nos desmiembra entre nosotros. Es el inicio de la guerra. La guerra no comienza en el campo de batalla: la guerra, las guerras comienzan en el corazón, con estas incomprensiones, divisiones, envidias, con esta lucha entre los demás. Y esta comunidad de Corinto era así, pero eran campeones de esto, ¿eh?


El Apóstol dio a los Corintios algunos consejos concretos que valen también para nosotros: no ser celosos, sino apreciar en nuestras comunidades los dones y las cualidades de nuestros hermanos. Pero…los celos: “aquel compró un coche”, y yo siento aquí celos; “éste ganó la lotería”, y celos; “y ése hace bien esto”, otros celos.


Y esto desmiembra, hace mal, ¡no se debe hacer! Porque los celos crecen, crecen y llenan el corazón. Y un corazón celoso, es un corazón ácido, un corazón que en vez de sangre parece que tuviera vinagre. Y un corazón que nunca es feliz, es un corazón que desmiembra a la comunidad. Pero, ¿qué tengo que hacer? Apreciar en nuestra comunidad, los dones y las cualidades de los otros, de nuestros hermanos.


Cuando me pongo celoso - porque todos nos ponemos, ¿eh? ¡Todos, todos somos pecadores, eh! Cuando me pongo celoso decirle al Señor: pero…gracias Señor porque has dado esto a aquella persona. Apreciar las cualidades y contra las divisiones hacerse cercanos, y participar en el sufrimiento de los últimos y de los más necesitados; expresar la propia gratitud a todos.


Decir gracias: el corazón que sabe decir gracias, es un corazón bueno, es un corazón noble. Es un corazón que está contento porque sabe decir gracias. Me pregunto, todos nosotros, ¿sabemos decir gracias siempre? Y…no siempre, ¿eh? Porque la envidia y los celos nos frenan un poco. Y por último, éste es el consejo que el Apóstol Pablo da a los corintios y que también debemos darnos nosotros, los unos a los otros: no considerar a nadie superior a los demás.


¡Cuánta gente se siente superior a los demás! También nosotros tantas veces decimos como aquel fariseo de la parábola: “te agradezco Señor porque no soy como aquél, soy superior”. Pero esto es feo, ¡no lo hagáis nunca! Y cuando tienes este pensamiento, recuerda tus pecados, de aquellos que nadie conoce, avergüénzate ante Dios y di: “tú Señor, tú sabes quién es superior, yo cierro la boca”; ¡y esto hace bien! Y siempre en la caridad considerarse miembros los unos de los otros, que viven y se donan en beneficio de todos (cf. 1 Cor 12-14).


Queridos hermanos y hermanas, como el profeta Ezequiel y como el Apóstol Pablo, también nosotros invoquemos al Espíritu Santo, para que su gracia y la abundancia de sus dones nos ayuden a vivir verdaderamente como cuerpo de Cristo, unidos, como familia, pero una familia que es el cuerpo de Cristo, y como signo visible y bello del amor de Cristo. Gracias.


(Traducción del italiano: María Cecilia Mutual, Griselda Mutual - RV)


Texto completo del resumen de la catequesis del Papa pronunciada en español

Queridos hermanos y hermanas:

En la catequesis de hoy, nos preguntamos en qué sentido y por qué decimos que la Iglesia es el Cuerpo de Cristo.


No se trata simplemente de un modo de hablar, sino de una expresión llena de contenido. La Iglesia es una obra maestra del Espíritu Santo que, infundiendo en cada uno de nosotros la vida nueva del Señor Resucitado, nos congrega en la unidad, hasta el punto de convertirnos en un solo Cuerpo, edificado sobre la comunión del amor. Es en el Bautismo donde nos unimos realmente a Cristo Cabeza y a los hermanos como miembros del mismo cuerpo.


El Apóstol San Pablo descubre un reflejo de la profundidad de este vínculo en el matrimonio cristiano, al que compara con la unión de Cristo con su Iglesia. El auténtico amor, que crea comunión, no presume ni se engríe, no lleva cuentas del mal recibido y goza haciendo el bien, no tiene envidia, sino que considera a los demás mejor que a sí mismo, sufre con los últimos y necesitados, y valora y reconoce a quienes hacen los servicios más humildes y escondidos.


Saludo a los peregrinos venidos de España, México, Panamá, Costa Rica, Argentina, Perú, Chile y otros países latinoamericanos.


Queridos hermanos, invoquemos también nosotros al Espíritu Santo para que su gracia y la abundancia de sus dones nos ayuden a vivir de verdad como Cuerpo de Cristo y como signo visible y hermoso de su amor. Muchas gracias.



El Papa Francisco anuncia su programa en Turquía para noviembre: diálogo con ortodoxos y musulmanes

Este martes la Oficina de Prensa de la Santa Sede informó que el Papa Francisco, acogiendo la invitación de las autoridades civiles, del Patriarca Ecuménico ortodoxo Bartolomé y de los obispos católicos, efectuará un viaje apostólico a Turquía del 28 al 30 de noviembre de 2014, en el que visitará Ankara y Estambul.

El Papa saldrá el viernes 28 a las 9 de la mañana del aeropuerto de Roma Fiumicino y llegará al aeropuerto de Esemboga de Ankara a las 13.


Desde allí irá a visitar el Mausoleo de Kemal Ataturk y luego se dirigirá al Palacio Presidencial donde encontrará al Presidente de la República y pronunciará un discurso ante las diversas autoridades.


Después se encontrará con el Primer Ministro y posteriormente visitará al Presidente de Asuntos Religiosos en el Diyanet.


Al día siguiente, el sábado 29, el Obispo de Roma partirá en avión hasta Estambul donde visitará el museo de Santa Sofía, la mezquita Sultan Ahmet (la famosa ´´mezquita azul´´) y la catedral católica del Espíritu Santo donde celebrará una misa.


Más tarde, durante una ceremonia ecuménica rezará en la Iglesia Patriarcal ortodoxa de san Jorge y en el Palacio Patriarcal encontrará de manera privada a Bartolomé I.


El domingo 30 el Santo Padre celebrará una misa en privado en la Delegación Apostólica. En la iglesia patriarcal de San Jorge asistirá a la Divina Liturgia y pronunciará un discurso al que seguirá la bendición ecuménica y la firma de una declaración conjunta con el Patriarca Bartolomé.


Por la tarde, desde el aeropuerto de Estambul regresará a Roma. Se prevé su llegada al aeropuerto de Fiumicino a eso de las 18.40 horas.



Papa Pablo VI: beato

El domingo pasado, al finalizar el Sínodo extraordinario de los Obispos sobre el matrimonio y la familia, en Roma, el día que celebrábamos la Jornada Mundial de las Misiones, fue proclamado beato el Papa Pablo VI, a quien tanto debe la Iglesia y la humanidad entera; también España, a la que quería de verdad y siempre tanto admiró por su historia, por sus santos y por su servicio a la Iglesia y al mundo con sus grandes gestas de evangelización, para la que siempre buscó lo mejor, también en el plano político, aunque algunos piensen sobre esto de otra manera.

Fue un Papa grande y audaz, un buen pastor conforme al corazón de Dios, testigo valiente del Evangelio, que nos confirmó en la fe y en la caridad, y abrió caminos de esperanza en momentos decisivos para la Iglesia y el mundo. Murió en un día muy significativo, un domingo, y, además, un seis de agosto, fiesta de la Transfiguración del Señor, y, de alguna manera, la del propio Papa Montini, hombre, sobre todo de fe, amigo fuerte de Dios, «mártir» de la fe y de la verdad, que tanto quiso a la Iglesia y que tanto sufrió por todos: su mismo rostro destilaba tal sufrimiento, en medio del cual nos ofreció una de las páginas más bellas que se han podido escribir sobre la alegría, y exhortándonos a vivir esa alegría inmensa que brota del Evangelio. A él le cupo, tras la muerte del Papa «Bueno », San Juan XXIII, continuar la obra del Concilio Vaticano II, llevarla a su término y, después, impulsar su aplicación y ponerlo fielmente en práctica, para renovar, fortalecer y hacer crecer a la Iglesia en medio del mundo contemporáneo y al servicio de él. Fue, por eso, el Papa de la fe, el Papa de la unidad, el Papa del diálogo, el Papa de la nueva evangelización del mundo contemporáneo. En la ceremonia de beatificación, el Papa Francisco dijo de él que fue «el gran timonel del Concilio», con el que supo responder con una sabiduría y «una humildad resplandeciente» al momento histórico en el que «estaba surgiendo una sociedad secularizada y hostil».


Supo entonces «conducir con sabiduría y con visión de futuro – y quizá en solitario– el timón de la barca de Pedro sin perder nunca la alegría y la fe en el Señor». Me gusta recordar que mes y medio antes de morir, en la última fi esta de San Pedro que celebraría, presintiendo tal vez la inminencia de su «partida», hizo balance de su ministerio, realizado plenamente al encargo que Pedro, el primer Papa, recibió de Jesús mismo: «Confirmar a los hermanos en la fe». Y como resumiendo su pontificado, dijo Pablo VI: «He aquí el propósito incansable, vigilante, agobiador, que me ha movido durante estos quince años de pontificado: he guardado la fe, puedo decir hoy, con la humildad y la conciencia de no haber traicionado nunca la santa verdad».


El Beato Pablo VI fue un testigo de la verdad, de la verdad que nos hace libres, y de la verdad que se realiza en la caridad. Trabajador incansable del Evangelio, tomó parte, sin echarse atrás ni retirarse del camino arduo de los duros trabajos del Evangelio; fue, sin duda, gran evangelizador de los tiempos modernos, tan heridos por el drama del humanismo ateo que quiebra la verdad del hombre y no hace posible el verdadero progreso y desarrollo de los pueblos, llamados a realizar la paz entre todos.


Necesitamos del testimonio y de las enseñanzas del Beato Pablo VI, necesitamos de su luz y de su sabiduría, necesitamos de su aliento y de su audacia, necesitamos de hombres como él, que abrió de par en par las puertas a la esperanza, necesitamos volver, de su mano, al Concilio Vaticano II, el nuevo Pentecostés en los tiempos modernos que ha de guiar nuestros pasos en lo momentos actuales de la Iglesia, inmersa, sin ningún

miedo, en medio del mundo y solidaria con sus gozos y esperanzas, con sus tristezas y dolores, para que entregándoles a Jesucristo, verdad de Dios y del hombre, surja una humanidad nueva hecha de hombres con la novedad del Evangelio, a lo que debe contribuir la evangelización, «dicha e identidad más profunda de la Iglesia», en palabras del propio Pablo VI. Que él nos ayude y nosotros le sigamos.


© La Razón



martes, 21 de octubre de 2014

La hija del líder de Hamás

La hija del líder de Hamás recibe tratamiento médico en Israel

El portavoz del Hospital Ichilov de Tel Aviv confirmó que atendió a la hija del líder de Hamás, Ismail Haniyeh, tras la feroz guerra que mantuvo Israel con el grupo terrorista islámico en la Franja de Gaza, en el verano pasado.


Avi Shushan, portavoz del hospital, precisó que la hija del cabecilla de Hamás fue atendida durante “varios días” este mes en ese sanatorio; aunque no detalló en que consistió su tratamiento.


"Es una de las más de mil pacientes de Gaza y Cisjordania, adultos y niños, que son ingresados en nuestro hospital todos los años", indicó un portavoz de ese centro médico.


Un portavoz del Ejército de Defensa de Israel (Tzáhal) también confirmó el reporte.


Israel y Hamás mantuvieron recientemente una dura conflagración, durante cincuenta días. En el conflicto murieron más de 2.100 palestinos, según fuentes palestinas, y 72 israelíes. El Ejército de Defensa de Israel sostiene que la mitad de los muertos en Gaza era miembros de Hamás y de otras organizaciones extremistas.


Fuentes de Gaza dijeron que la hija de Haniyeh fue atendida tras complicaciones durante un tratamiento médico estandard en Gaza.


Frecuentemente, Israel permite a enfermos palestinos salir de la Franja de Gaza para recibir tratamiento médico en los hospitales israelíes. La suegra y la nieta de Haniyeh fueron atendidas en el Estado judío, el año pasado. En noviembre pasado, una de las nietas de Haniyeh, que tiene trece hijos, fue trasladada al Hospital Infantil Schneider de Petaj Tikva en grave estado, pero fue luego regresada a la Franja tras observarse que su situación era incurable, apuntó un portavoz castrense. La niña falleció luego debido a su enfermedad.


Haniyeh fue primer ministro de Gaza -antes de la conformación del gobierno de unidad entre Fatah y Hamás – y llama constantemente a la destrucción de Israel, y rechaza el desarme de su organización.


Durante la última conflagración, la Fuerza Aérea bombardeó la vivienda de Haniyeh en Gaza. Pero el cabecilla de Hamás que estaba escondido en un bunker en la clandestinidad no fue herido en el ataque.


Los líderes de Hamás, siguiendo las órdenes de su líder Haniyeh, emplean a los hijos de los gazenses como escudos humanos, mientras envían en caso de enfermedad a sus hijos a Israel para ser tratados.


NOTAS


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Pablo VI, el Papa mártir







El domingo, si Dios quiere, el Papa Francisco beatificó a uno de sus predecesores, el Papa Pablo VI. Del Papa Montini -ese era su apellido- se recuerda en estos días su imprescindible aportación para que el Concilio Vaticano II llegara felizmente y sin mayores tensiones a su conclusión; la labor que hizo para indicar a la mayoría progresista que determinados contenidos él no los iba a firmar, evitó que algunos documentos conciliares estuvieran en una línea de ruptura con la Tradición y pudieran ser asumidos por la práctica totalidad de la Iglesia. Del mismo modo, con grandes dificultades gobernó la Iglesia desde la clausura del Vaticano II en 1965 hasta su fallecimiento en 1978, para intentar que la aplicación del Concilio se hiciera con una "hermenéutica de continuidad" -usando el término acuñado posteriormente por Benedicto XVI- y no con una hermenéutica de ruptura.

De Pablo VI también se recuerda en estos días de su beatificación el gran valor que demostró al publicar la encíclica "Humanae vitae", en contra de la opinión de todos menos uno de sus consejeros. Esa encíclica supuso la apertura de la Iglesia al concepto de "paternidad responsable", dejando atrás la tesis no oficial pero sí oficiosa de que cuantos más hijos mejor; pero también significó el rechazo a los medios artificiales de control de la natalidad, por ir en contra de lo que el plan de Dios había escrito en la naturaleza humana. La "Humanae vitae" significó para Pablo VI el fin de su idilio con la progresía; se le enfrentaron conferencias episcopales enteras y numerosos obispos y teólogos le criticaron abiertamente por ello, acusándole de haber dado la espalda a la renovación conciliar para echarse en manos de los conservadores.

Por todo ello, por lo que sufrió para mantener la Iglesia en una línea auténticamente católica -es decir, equilibrada- y por haberse atrevido a desafiar las presiones del mundo, es por lo que creo que Pablo VI merece el título del "Papa mártir", aunque no haya derramado su sangre en defensa de Cristo y de la fe.

Sin embargo, hay un punto de su enseñanza, menos conocido, que merece la pena destacar porque ilumina muy bien lo que está sucediendo en este momento en la Iglesia. Era la solemnidad de San Pedro y San Pablo de 1972. Pablo VI llevaba ya nueve años gobernando la Iglesia y habían transcurrido siete desde la clausura del Concilio. Aún le faltaban otros seis para entregar su alma a Dios, el 6 de agosto de 1978, aunque eso, lógicamente, él no lo sabía. Estaba, pues, a la mitad de su pontificado. Había tenido ocasión de impulsar las principales reformas emanadas de los decretos conciliares y también de darse cuenta de la deriva en que se estaba introduciendo la Iglesia. En ese momento y en ese contexto, Pablo VI sorprendió a todos con este discurso:

"Ciertas corrientes sociológicas de hoy tienden a estudiar a la humanidad, mientras que prescinden de ese contacto con Dios. Por el contrario, la sociología de San Pedro y la sociología de la Iglesia estudian a los hombres señalando precisamente este aspecto sagrado de la conversación con lo inefable – con Dios, con el mundo divino. Se diría que a través de alguna grieta ha entrado, el humo de Satanás en el templo de Dios. Hay dudas, incertidumbre, problemática, inquietud, insatisfacción, confrontación. Ya no se confía en la Iglesia, se confía más en el primer profeta profano —que nos viene a hablar desde algún periódico o desde algún movimiento social— para seguirle y preguntarle si tiene la fórmula de la verdadera vida; y, por el contrario, no nos damos cuenta de que nosotros ya somos dueños y maestros de ella. Ha entrado la duda en nuestras conciencias y ha entrado a través de ventanas que debían estar abiertas a la luz: la ciencia.

También en nosotros, los de la Iglesia, reina este estado de incertidumbre. Se creía que después del Concilio vendría un día de sol para la historia de la Iglesia. Por el contrario, ha venido un día de nubes, de tempestad, de oscuridad, de búsqueda, de incertidumbre y se siente fatiga en dar la alegría de la fe. Predicamos el ecumenismo y nos alejamos cada vez más de los otros. Procuramos excavar abismos en vez de colmarlos.

¿Cómo ha ocurrido todo esto? Nos, os confiaremos nuestro pensamiento: ha habido un poder, un poder adverso. Digamos su nombre: él Demonio. Este misterioso ser que está en la propia carta de San Pedro —que estamos comentando— y al que se hace alusión tantas y cuantas veces en el Evangelio —en los labios de Cristo— vuelve la mención de este enemigo del hombre. Creemos en algo preternatural venido al mundo precisamente para perturbar, para sofocar los frutos del Concilio ecuménico y para impedir que la Iglesia prorrumpiera en el himno de júbilo por tener de nuevo plena conciencia de sí misma".

Me gustaría destacar estas frases: "Hay dudas, incertidumbre, problemática, inquietud, insatisfacción, confrontación. Ya no se confía en la Iglesia". "También en nosotros, los de la Iglesia, reina este estado de incertidumbre". "Se diría que a través de alguna grieta ha entrado el humo de Satanás en el templo de Dios".

Y ahora, ¿qué está pasando? ¿No ha vuelto la incertidumbre, la duda, la confrontación? Incluso entre los pastores de más alto nivel hay discrepancias sobre temas esenciales, como la necesidad del estado de gracia para poder comulgar, como se ha visto en el reciente Sínodo sobre la familia. ¿Beneficia esto a los fieles? ¿No estamos llenando sus ojos de humo para que no puedan ver? ¿No es esto la entrada triunfal del relativismo en el seno de la propia Iglesia? ¿Y no es esta confusión la consecuencia del humo de Satanás?

Ruego a Dios que esta situación cambie y el aire limpio y fresco del Espíritu expulse fuera las sombras de confusión que el demonio ha vuelto a introducir en su Iglesia. Antes de que sea demasiado tarde.




«El cristiano es una persona de esperanza, porque sabe que el Señor va a venir», dice Francisco

"El cristiano es un hombre o una mujer que sabe esperar en Jesús y por eso es un hombre o una mujer de esperanza." Así lo afirmó el Papa Francesco en la homilía matinal de este martes 21 de octubre en la homilía de Santa Marta. Con su sacrificio, dijo el Papa, Cristo nos ha hecho "amigos y vecinos en paz".

El Papa Francisco habló del pueblo cristiano como un pueblo que sabe esperar cultivando una esperanza sólida. El Papa comentó las ideas del Evangelio de Lucas y las de la Carta de Pablo a los Efesios, lecturas del día.


En el texto de Lucas, Cristo se compara con un amo que llega a su casa tarde, tras una fiesta de bodas, y encuentra despiertos y atentos a sus sirvientes, con lámparas encendidas: les llama, pues, "bienaventurados". Pero después es el mismo Jesús el que se pone a servir a los siervos, a traerles la comida a la mesa.


Francisco señala que el primer servicios del Maestro a los cristianos es darles “identidad”. Sin Cristo, dice el Papa, “no tenemos identidad”.


Así lo explica San Pablo hablando a antiguos gentiles: "Antes estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel".


Por eso el Papa destaca: "Lo que Jesús vino a hacer con nosotros es darnos la ciudadanía, pertenecer a un pueblo, con nombre, estirpe".


La sangre de Cristo es, dijo Francisco, lo que une a los enemigos y separados y crea un nuevo pueblo. "Todos sabemos que cuando no estamos en paz en el pueblo, hay una pared. Hay un muro que nos divide. Pero Jesús se ofrece para romper este muro. Y si estamos divididos, no somos amigos, somos enemigos. Él nos reconcilia a todos en Dios”.


Después, el Papa pone el ejemplo de los buenos siervos y criados que “esperaban” a su amo.


"Quien no espera a Jesús, se cierra a Jesús”, previene Francisco. “La actitud de esperar a Jesús es la esperanza cristiana. El cristiano es un hombre o una mujer de esperanza. Él sabe que el Señor está por venir. Pasará realmente, ¿eh? No sabemos la hora, como ellos. No sabemos la hora, pero va a venir, va a venir a visitarnos. Pero que no nos encuentre aislados, como enemigos. Su visita nos ha de hacer cercanos, hermanos, amigos".


Otra pregunta que puede hacerse un cristiano es: ¿mirar o no mirar? "¿Tengo un corazón abierto, para escuchar el sonido cuando llamen a la puerta, cuando se abra la puerta? El cristiano es un hombre o una mujer que sabe esperar para Jesús y esto es un hombre o una mujer de esperanza. En cambio, los paganos - y muchas veces nos comportamos como paganos cristianos - se olvidan de Jesús, piensan en sus cosas, sin esperar a Jesús. Como si fueran dioses: ´Yo puedo arreglar esto solo». Y eso termina mal, termina sin un nombre, sin esa cercanía, sin esa ciudadanía", concluye el Papa su homilía.



España no trajo a la hermana Paciencia cuando tenía ébola: llega ahora y dona su sangre «sin rencor»

La religiosa Paciencia Melgar, compañera del misionero Miguel Pajares en el hospital San José de Monrovia (Liberia), ha asegurado este lunes que no guarda "rencor" a nadie "por no haber podido venir a España cuando tenía el virus" del ébola, del que se curó en el país africano.

Melgar ha mostrado su alegría por "poder hacer el bien" ayudando a la enfermera auxiliar Teresa Romero, la primera contagiada de la enfermedad en España y que recibió el suero de la religiosa para su tratamiento.


En su primera comparecencia pública tras haber superado el ébola, la religiosa de la Congregación de las Misioneras de la Inmaculada Concepción ha querido contar su experiencia vital y expresar su intención de colaboración con los posibles infectados por el virus del ébola.


“Me encuentro perfectamente bien”, ha dicho cuando le han preguntado si el virus del ébola le ha dejado secuelas.


Melgar contrajo la enfermedad a la vez que el misionero Miguel Pajares, pero ella no fue repatriada. “No guardo rencor por haber tardado tanto en llegar a España. No soy española”, ha asegurado.


Paciencia Melgar superó la enfermedad en un hospital de Monrovia y voló a Madrid para intentar donar su sangre y ayudar al segundo misionero español repatriado, Manuel García Viejo.


No llegó a tiempo por apenas unas horas.


Posteriormente su plasma sanguíneo se ha usado para tratar a Teresa Romero, contagiada de ébola precisamente cuando atendía a García Viejo.


“Me sentí mal de no poder llegar a tiempo para ayudar al hermano Manuel”, ha asegurado. “Estaba informada cada día de la situación del hermano Manuel, que se contagió en Sierra Leona y buscaban donantes para él. Yo misma me ofrecí, como estoy recuperada, me ofrecí a venir voluntariamente”, ha contado.


Melgar no ha tenido contacto con Teresa Romero. “Yo no sé si ella se curó por mi plasma pero estoy muy contenta de que haya podido recuperarse”, ha asegurado. “Es una gran mujer por su generosidad y entrega. Valoro mucho ese gesto que tuvo con los misioneros, cuidarles voluntariamente. Que Dios la bendiga”.


Melgar ha agradecido al Gobierno español que agilizara su viaje de vuelta a Madrid para intentar ayudar a García Viejo. También ha pedido ayuda internacional para detener la epidemia. “Esto no es un problema solo de África, es de todos”, ha dicho.


“Faltan recursos humanos y materiales” para combatir el ébola, afirma la religiosa.


Sobre su contagio en Monrovia, trabajando codo con codo con Pajares, ha explicado: “No se podía abrazar ni tocar. Con los pocos medios que teníamos intentábamos protegernos; yo por lo menos lo intenté. Pudo pasar algo parecido a lo que ha pasado con Teresa. Me acuerdo de que un día atendía a una persona pero se me caían las gafas y yo misma intentaba colocarlas bien porque no veía. Pienso que tal vez, por lo que sabemos del virus, que entra por estas zonas, pudo ser eso. Cuando me noté fiebre ya empecé a sospechar, porque me hice análisis de malaria y no tenía”.


Melgar superó la enfermedad en un centro para enfermos de ébola a las afueras de Monrovia con muy pocos medios y demasiados enfermos. Esta mañana ha explicado cómo fue su experiencia: “Faltan recursos humanos y materiales”. Ha relatado cómo no había ni siquiera oxígeno para un enfermo que lo necesitaba.


“No era un lugar adaptado para recibir pacientes pero como no había otro remedio, es lo que ofrecen a los que llegan”, ha asegurado.


Los enfermos dormían en “camas estrechas, camillas; algunos dormían con el colchón en el suelo porque no había suficientes camillas”. La experiencia fue “horrorosa”, ha asegurado. “Cada día ves cómo tu vecino muere, el de enfrente muere. Era horroroso escuchar esos gritos”.