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S.O.S. de la sociedad y de la Iglesia

La semana pasada tuve ocasión de tener acceso a los datos de las vocaciones sacerdotales estos dos últimos años en España. Hay diócesis que tienen ya una media de edad en el clero de 75 años. Otras no andan muy lejos. ¿Diez menos? ¿Ocho menos? ¿Qué más da? Edades muy altas en los diferentes presbiterios españoles. Seminarios Mayores en los que este curso no han tenido ni un nuevo ingreso. Diócesis en las que no ha habido ni una sola ordenación sacerdotal.

El mismo presidente de la Conferencia Episcopal, el cardenal don Ricardo Blázquez, en su discurso de apertura de la Asamblea Plenaria de la Conferencia, se hizo eco de la situación muy preocupante que atravesamos. Situación que podríamos calificar incluso de terrible y desastrosa por todo lo que ello da a entender, lo que le subyace. No voy a entrar en eso que digo «subyace» ni me va a ganar el desánimo. En cualquier caso, todo lo contrario, por paradójico e incluso «insensato o descabezado» que parezca, acrecienta en mí, y debería acrecentar en todos: la esperanza. ¿Esperanza? ¿Es posible y sensata la esperanza en esta situación? Sí, precisamente porque las cosas están así. La esperanza siempre es virtud para tiempos difíciles, «recios», diría la Santa de Ávila.
 
Recuerden al Profeta Isaías, profeta de la esperanza, en tiempos muy difíciles de destierro y sin aparente salida. La Carta a los Hebreos: sus destinatarios, la comunidad a la que se dirige el autor de esta carta, se hallan en situación interna y externa, casi límite: es una llamada y proclamación de la esperanza. Algo semejante podríamos decir de la situación en que vivían los destinatarios del Apocalipsis: sin salida, pero difícilmente se puede encontrar texto de mayor apertura a la esperanza.

¿Qué quiero decir? Sencillamente que ahí es donde podemos confiar en Dios, Señor de la historia. Él la conduce donde va a manifestar la fuerza de su amor y llevarnos a una situación que va a ser muy distinta y novedosa en un futuro no lejano. Pero hay que luchar, confiar, orar, y hacer las cosas mejor que venimos haciéndolas. Todos, la Iglesia y la sociedad, a la que también afecta e implica esta escasez de sacerdotes: el que haya tan pocas vocaciones no es bueno ni para la Iglesia ni tampoco para la sociedad, por muy laica y anticlerical que ésta se muestre.
 
Después de casi dos milenios de cristianismo, cuando la voz de Jesucristo ha llegado a casi todas las partes, necesitamos su amor transformador, su luz, para que haya un futuro distinto para esta humanidad, que necesita ser renovada desde dentro y presentarse con un rostro nuevo enteramente, un mundo nuevo en que habite la justicia y brille una nueva civilización del amor, y en que reine la paz y resplandezca la dignidad inviolable de todo ser humano sin exclusión. Precisamos vocaciones a la vida consagrada, a la acción misionera, al ministerio sacerdotal.

El mundo que vivimos parece que está diciendo a los jóvenes, abiertos a decidir su vocación y su futuro: en la nueva sociedad, en el futuro de un mundo nuevo, laico y adulto, que fabricamos los hombres no habrá ya sacerdotes, ni vida consagrada, no vayáis, jóvenes, por esos caminos, buscad otra profesión. Pero ante esto mismo, esta manera de pensar, el escuchar esas voces, comprendemos precisamente, por el contrario, que hay una gran necesidad, aún mayor que en otros tiempos, de sacerdotes y de hombres y mujeres enamorados de Jesucristo, consagrados a Él y a su Iglesia, al anuncio y presencia del Evangelio, al servicio de los hombres. El mundo en el que vivimos hoy, con su cultura de alejamiento y silenciamiento de Dios, quiebra al hombre en su humanidad más propia y la destruye.

Los hombres de hoy y mujeres de hoy necesitamos de Cristo para recorrer los caminos de la vida. Sabemos que el Señor busca obreros para su mies. La oración se intensifica al llegar a estas situaciones, en las que las comunidades eclesiales de todo el mundo se unen con un solo corazón y deseo en esta petición común, porque un mundo sin Dios y sin el Evangelio es más pobre y angosto, carente de futuro y esperanza. Nuestro mundo, sacudido por transformaciones lacerantes, «necesita, más que nunca, del testimonio de hombres de buena voluntad y, especialmente, del de vidas consagradas a los más altos valores espirituales, a fin de que a nuestro tiempo no falte la luz de las más altas conquistas del espíritu» (Juan Pablo II). Nuestra sociedad de hoy, en tantos aspectos rica, pero en tantos otros tremendamente empobrecida, está especialmente indigente de Dios. Por ello tiene necesidad de hombres que den testimonio de Dios ante un mundo que lo niega o lo olvida; que muestren el valor de la gratuidad en un mundo en el que todo se compra y se vende. Este mundo necesita sacerdotes que hagan presente en obras y palabras a Jesucristo, el Evangelio vivo del amor, y Dios nos los dará.

Publicado en La Razón el 25 de abril de 2018.

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